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DIARIO PSICODÉLICO: Día I

Uyuni. Como suena. Para mí, cuando lo pronuncio tal como se pronuncia para mí (algo así como ushuni), suena fuerte, potente. Cuando escucho a los locales y a los extranjeros (a cualquier persona que no hable como nosotros), suena suave, delicado.
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Es cambiante. Tiene matices. Hasta podría ser psicodélico. Eso me dijeron una vez. Eso me dijo un chico con el que conversaba, que había estado recorriendo Uyuni y los alrededores hacía unas semanas atrás. Con los días, el trabajo y otras cosas en mente, me había olvidado de ese comentario en particular. Sólo me acordaba del comentario permanente sobre el frío. De que iba a hacer bajo cero, que necesitaba abrigo, llevarme bolsa de dormir y una buena campera. Una vez en Uyuni, el frío estuve presente tal como me dijeron, y la palabra psicodélico volvió, y pasó a ser lo más lindo.

Dia 1 | El salar

Esa mañana nos levantamos todos temprano con los chicos de Argentina que había conocido en el tren, para aprovechar a bañarnos y desayunar algo antes de partir en el tour. Ellos hicieron el de un sólo día porque, o bien tenían poco tiempo, o no querían gastar esa plata, así que a las 10:30 nos despedimos y cada cual partió con su grupo.
El primer día salimos tarde, más tarde que los otros días. 11am recién estábamos subiéndonos al jeep para empezar el recorrido.  De compañeros, tres chicos y una chica de Inglaterra en algo así como su regalo de graduación de la universidad, y un señor de Ucrania que rozaba los 50 años, y estaba viajando solo porque “su mujer no era para ese tipo de viajes” y su hijo “estaba en otra”. Así, yo era la única que hablaba español y podía hablar con Cristóbal, nuestro guía-chofer, lo cual tampoco resultó ser de gran ventaja: era medio sordo (tenía que gritarle su nombre para que me escuchara), y  a veces ni siquiera entendía mis preguntas (una vez le pregunté qué nos iba a preparar para el almuerzo, y su respuesta fue “la mesa, los platos, los cubiertos…”). Por lo menos, serví de traductora entre él y el resto del grupo.
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Primero fuimos al Cementerio de trenes, donde hay una colección -por así decirlo- de trenes a vapor abandonados, dejados a la deriva, en desuso, desde la década del 80′, cuando se los cambiaron por los trenes de ahora, a combustible. Muchos tienen grafitis, hay un par de columpios que me generaron la duda de si son una parte deformada del tren o alguien los colocó ahí, y pedazos esparcidos por el suelo que parecían mancuernas gigantes. La idea de alguien fue transformar el lugar en un museo, pero como muchas cosas en muchos lados, la idea quedó en el aire y nunca se concretó, por lo que los vagones y máquinas siguen ahí a la deriva.
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Desde ahí nos fuimos a Colchani, un pueblito a 20km de Uyuni donde se trabaja la sal, con una ubicación estratégica, ya que está cerca de la ruta y de las vías del tren. En realidad, más que al pueblito, te llevan a los puestos donde se venden artesanías de sal y los típicos suéteres, medias, guantes, bufandas y gorros de lana de alpaca (que me daban todas las ganas de comprarme alguna que otra cosa, pero que me tuve que resistir por la falta de espacio en mi mochila, y porque no quiero cargar un año un suéter nuevo para haberlo usado sólo una semana).
Desde ahí, empezaba lo mejor, lo que todos estábamos esperando: el famoso Salar de Uyuni. Es enorme, gigante, el salar más grande del mundo con sus 12.000 km2, a 3.600 msnm. Sin embargo, más que eso, me impresionó saber que entre 40.000 y 25.000 años atrás el Lago Mischín ocupaba el lugar, e incluso más, cubriendo 40.000 km2, del cual el salar vendría a ser la parte más baja. Cuando se evaporó, el lugar estuvo 14.000 años seco, luego apareció un lago que duró 1.000 años, y cuando éste se secó, dejó lugar a los Lagos Poopó y Uru Uru (en el Departamento de Oruro), a los Salares de Uyuni, Chiguana (que sólo tiene sal superficial) y Coipasa, y a las 25 islas de origen volcánico (por el ahora inactivo Volcán Tunupa).
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El salar es tan grande, y tiene nada y tanto a la vez para ofrecer, que se hacen varias paradas. Al poquito de irnos de Colchani, paramos en los montículos de sal. Esa parte es la única del Salar donde se extrae sal, unas 20.000 toneladas al año, principalmente para consumo humano. El paisaje es geométrico, lineal. Montículos de sal alineados, conitos blanco-celestes dispuestos para ser recolectados, y turistas que los subían y bajaban para sacarse fotos. ¿Esa sal es para consumo, con tantas pisadas, tierra, zapatos y caminadas encima? Buen proceso de filtrado y refinación debe tener.
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Más allá paramos a almorzar, y después seguimos al centro del Salar, donde se ven mejor que en ninguna parte los hexágonos que se forman por la respiración de las capas subterráneas por donde corre agua. Hexágonos, uno al lado del otro, uniéndose de forma perfecta uno con otro. Ninguna cuadrado, o rectángulo, o heptágono o triángulo. Puros hexágonos. ¿Cómo puede la naturaleza ser tan perfecta? ¿Cómo puede ser que sólo se formen así, y que no haya líneas raras, que vayan para otro lado, que se resquebraje en otra forma, que no haya algo diferente? 
 
Las banderitas, donde paramos a almorzar

Las banderitas, donde paramos a almorzar

El guía nos da, como de costumbre, quince minutos para sacar fotos (o hacer lo que queramos). Saco mis tres globos que me dio uno de los chicos de Argentina. Tenía uno rojo, uno azul y uno amarillo. Empiezo a inflar el globo rojo. El señor de Ucrania quiere ayudarme, le doy el azul, y se le revienta. Yo inflo el amarillo. Me saco algunas fotos con los globos, un poco de color entre mitad realidad blanca y mitad celeste, un espacio divido sólo horizontalmente en dos. Miro para un lado, miro para otro. Estoy parada ahí, y no puedo creerlo: estoy en el medio de la nada y en el medio de todo al mismo tiempo. No hay nada más alrededor mío, y a la vez hay kilómetros de sal debajo y ¿años luz? de cielo encima mío. Una sensación de vacío y espacio y luz y libertad, que se entremezcla con lo estático, lo frágil, lo volátil. Kilómetros de horizonte que se pierden entre tanto horizonte.
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Seguimos a la siguiente y última parada de la tarde: la Isla Incahuasi, o Isla del Pescado. Íbamos llegando y se empieza a  ver cómo emerge un pedazo de tierra en el medio de tanta blancura. Una mancha marrón y verde en el medio del Salar. Es preciosa, está llena de corales (recordar que era un lago el Salar antes) y cactus que acompañan en todo el sendero. En la cima, hay un centro ceremonial aymara para la Pachamama del primero de agosto, y una vista 360° de resúmen del día.
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De ahí, aunque eran sólo las 5 de la tarde, nos fuimos ya al refugio, el Hotel de Sal donde íbamos a pasar la noche. Era de lo más pintoresco y único: paredes de sal, piso de ¿sal? (era un polvo casi como arena), mesas de sal, banquitos de sal (con almohadoncitos para sentarse), colchones apoyados sobre “camas” (para llamar de alguna forma a esos bloques) de sal, mantas y otras cosas típicas decorando el espacio común. Al rato de llegar y acomodar la cosas, un té caliente con galletitas nos esperaba mientras iba pasando el atardecer afuera, en rosa y celeste. Una hora después, estábamos sirviéndonos sopa, segundo -el plato principal- y su fruta de postre. Nos quedamos hablando un rato más, y después de un rato, aunque eran sólo las 9:30pm, me fui a la cama. Tenía ganas de estar calentita en mi bolsa de dormir, metida adentro de la cama, leyendo un rato antes de dormir y aprovechar lo que fue -lo juro- la mejor cama en estos dos meses en Bolivia.

Para seguir leyendo sobre el resto de los días:DIARIO PSICODÉLICO: Día II

DIARIO PSICODÉLICO: Día III

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.