PARÉNTESIS

PARÉNTESIS

Miércoles 19hs, decía mi pasaje de tren, que me iba a llevar de Oruro a Uyuni. Felicidad total, me iba a esa partecita de Bolivia que tantas ganas tenía de conocer.

A las 2 am llegué a Uyuni, tal como estaba programado, agarré mis cosas y me bajé del tren. Mientras caminaba por la plataforma, me empecé a dar cuenta que era casi la única que se baja, y de hecho la única turista que se estaba quedando ahí. Todos seguían a Tupiza. ¿Nadie se baja? ¿Todos siguen hasta allá? Debe tener algo. Le pregunto a un señor que trabajaba en el tren, y me dice que es un valle, que es cálido -no frío como acá, me aclara-, que hay todas montañas rojas alrededor, como el Gran Cañon de Estados Unidos, ¿viste?, me dice. Qué más da. Fui a la boletería y me compré el pasaje Uyuni-Tupiza, y me volví a subir al tren, en otro vagón. Con una sonrisa casi risa,  mezcla esto-es-tan-típico-mío (los que me conocen bien saben que cambio de idea de un momento a otro sin razón aparente) y esto-es-lo-que-me-encanta-de-viajar (eso de poder improvisar así sin más e ir decidiendo mi viaje en el camino). Contenta, feliz. Me encanta eso de viajar sin tiempos, sin fechas, sin apuros, sin ataduras. Voy donde quiero, me quedo cuanto quiero, cambio de planes cuando quiero.

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Siete horas más de viaje, y media hora después de lo que decían los carteles, llegamos a Tupiza. Pero para mí, llegar empezó una hora antes. Cañones colorados rodeando el paisaje, una quebrada por allá abajo, un valle a los costados de las vías, cerros de formas extrañas, plantaciones de papa, cebolla y maíz, y un sol radiante que ya empezaba a prometer días de calor. Justo lo que necesitaba entre el frío que había pasado en Oruro, y el frío que se iba a venir en Uyuni.

Después de instalarme en el hostel, ese día me lo dediqué casi entero a descansar. El viaje, el mal dormir, la altura y el cansancio acumulado de todas esas cosas siempre me dejan un poco mareada y aplastada, así que después de almorzar me tiré, como hacía mucho no hacía, a dormir la siesta, hasta que el reloj marcó las 16:30 y decidí hacer algo por mi vida. Así más no sea salir a dar una vuelta por el centro.

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Me tomé ese día como sé que mucha gente lo usa en Tupiza. para descansar. El pueblo es tranquilo, pacífico, y cuando las agujas del reloj empiezan a pasar las 2pm, las calles se vacían, el -poco- tráfico desaparece, los restaurantes se vacían, y en la plaza sólo quedan las palomas y algún chico con pinta de viajero que está tocando música o vendiendo artesanías. Cuando me levanté de la siesta, todo iba retomando ritmo: chicos con uniformes de escuela, turistas, gente haciendo mandados, negocios abiertos, puestos ambulantes vendiendo sus jugos de naranja y sus helados, motos y autos circulando.

Aunque la mayoría de la gente va a Tupiza de pasada porque entran desde Argentina por Villazón, o porque desde ahí toman el tour a Uyuni, en los alrededores hay paisajes muy lindos, y sobre todo diferentes, a lo que hay más adelante.

Por las vías del tren

Por las vías del tren

El segundo día, siguiendo las vías, me metí en el valle que habíamos atravesado con el tren cuando estaba llegando el día anterior, con la idea de volver a meterme entre los cañones y quebradas que habíamos pasado. Todavía estaba caminando por las vías cuando una moto con dos chicos, uno de mi edad y otro de 10 años más o menos, me pasa por al lado y, como de costumbre en esos días, me saludan en inglés.  Hiii! How are you? ¿Por qué todo el mundo acá me habla en inglés? Están tan acostumbrados a los europeos (sobre todo en agosto, cuando son sus vacaciones de verano y se llena de franceses, españoles, alemanes, ingleses) y norteamericanos, que parecía que la única posibilidad es que yo también fuera europea. Como de costumbre en esos días, me río y les digo que todo bien, y que hablo español.  Unos diez metros más adelante, frenan. Cuando paso por al lado, me preguntan hacia dónde iba. Les cuento que estaba caminando hacia allá, hacia los cerros, a recorrer la quebrada. ¿Te gustan los chivos? me pregunta el más chico. Mmm, para comer no, para verlos puede ser, le digo riendo. Nosotros estamos yendo a nuestra granja, tenemos chivos de raza, ¿querés venir? Por qué no, me hacen lugar en la moto (espero que mi papá no se enoje al leer esto por la imprudencia, lo reconozco) y para allá vamos.

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Seguimos por el camino medio pedregoso, el más chiquito me saca conversación. Le comento riéndome que desde que llegué a Tupiza ya varios locales me saludan en inglés, y casi afirmándole, le pregunto si es que están muy acostumbrados a los europeos. Sii, me dice riéndose, casi avergonzado. Y agrega, ¿y de dónde eres? De Argentina, le digo. Ahh, y ¿ahí hablan inglés? Cara de sorpresa total la mía. No podía creer que me estuviese haciendo esa pregunta. Noo, le digo riéndome, ¡hablamos español también!

Pasamos uno de los hilos de agua, seguimos avanzando por la quebrada, hasta que llegamos a una parte del río que era demasiado profunda. Había que bajarse y cruzar caminando, por lo menos los que estábamos de acompañantes. Y en esa malas suertes, al bajarme me quemé la pantorrilla. Apenas toqué el caño de escape, pero fue suficiente para que me ardiera todo el día y para que después me quedara una círculo rojo-rosado quemado.

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Después de ir a ver los chivitos, y que el nene me explicara las razas, y quien era el padre, y la madre, y de dónde los habían traído, y cómo lo alimentaban, seguí camino por la quebrada. Me hacían acordar a Talampaya, no tan altos, pero mucho más rugosos, más imperfectos, con más recovecos, más hendiduras. Casi que lo único en común es el color. Porque después, a diferencia de Talampaya, acá hay sembradíos y granjas, un par de casitas, el ruido de algún camión trabajando en lo que quedaba del río. Y paz, mucha paz, esa paz de campo, y ese olor a tierra siendo trabajada y pastos creciendo, y ese ruido de chivos siendo arriados y ese sol que calienta la piel y se corta por un vientito repentino.

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Sembrando cebolla.

Sembrando cebolla.

Arriando sus chivos.

Arriando sus chivos.

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El último día, siguiendo los consejos del nene del día anterior, pregunté por el Cerro El Elefante. Aunque no sabía qué esperarme, cuando llegué me sorprendió, me causó mucha gracia en realidad. No hace falta mucha imaginación para verlo: enseguida se lo ve echado de costado, con su cuerpo, cabeza, oreja, un poco de trompa, e incluso un ojo. Volviendo, paré en una casita donde había una mujer tejiendo la puntilla para su pollera a preguntar cómo llegar al Cerro La Cruz, que lo veía ahí nomás pero no sabía desde dónde subir. Mientras ella me explicaba, su marido me trajo una silla, una jarra con agua y un vaso, y ahí me quedé, hablando con ella un rato largo.Me contó que tiene una hija en Buenos Aires con su marido, un hijo en Neuquén con su novia. Y que tiene un hermano en Mendoza que hace 20 años que no ve. Que se fue a los 17 años y nunca volvió.
Cerro El Elefante, ni siquiera falta la aclaración =)

Cerro El Elefante, ni siquiera falta la aclaración =)

Cuando veía que la hora pasaba, seguí al cerro. Después de doce estaciones de cruces (de las que yo, sin darme cuenta, me saltié de la segunda a la octava), y luego de menos de treinta minutos de subida, se llegué arriba de todo. Vista panorámica: ciudad, cerros, valle, quebrada, río. Colores, calor.

Tupiza, desdeel Cerro La Cruz.

Tupiza, desdeel Cerro La Cruz.

Calculando tiempos para volver, pasar por el mercado para comprar algo para comer en el tren y buscar mis mochilas en el hostel, empecé a bajar. Haciendo tiempo para subirme al tren, me volví a encontrar con Santiago, un chico de Argentina que había conocido en la boletería esa mañana. Y cuando nos subimos al tren, nos encontramos con cuatro argentinos más. Los primeros argentinos que me encontraba en los dos meses de viaje. Y esas horas en el tren fueron el paréntesis de calidez que necesitaba entre tanta calma, tal como esa escapada de calor que recompensaba entre tanto frío. Hablar todos juntos, entre risas fuertes, chistes, emoción, mate, pan con queso y picadillo, historias de viaje. Tanto alboroto, que la pareja de franceses que estaban detrás se ve que se cansaron de que no los dejemos dormir, y se cambiaron de vagón.

 

TIPS DE VIAJE:

* Tren Oruro-Tupiza: Hay dos trenes, el Expreso del sur (categoría ejecutivo y salón), que sale martes y viernes, y el Wara Wara (clases ejecutivo, salón y popular), que sale miércoles y domingo. El recorrido es Oruro, Uyuni, Atocha, Tupiza, Villazón.

De Oruro a Tupiza, 85 bs. clase salón, en el tren Wara-Wara. Pasan películas, es cómodo y con calefacción. Sirven cena y desayuno.

* Hostal en Tupiza: 
A pocas cuadras de la estación, sobre la Avenida, hay varios hostels, lo mismo alrededor de la plaza. La primera noche dormí en el Hostel California, 35bs en pieza individual, y la segunda, en el Hostal Coronel Pedro Arraya, 30 bs en dormitorio. Ambos con ducha caliente, wifi y uso de cocina.

* Comida:
 almuerzo por 12-15 bs con ensalada (puede ser servida o buffet, según el precio), sopa, segundo (plato principal, a veces con dos o tres opciones) y postre. Pueden pedir sin segundo, o sólo ensalada por ejemplo (y les sale entre 5 a 8 bs). En el mercado, guisos varios por 6 bs, segundos por 10-12 bs. En el mercado también sirven api con buñuelo.

* Tours:
 yo no tomé ninguno, pero van a ver muchas agencias. Ofrecen cabalgatas (por hora e incluso por algunos días), trekkings, y tours a Uyuni saliendo desde Tupiza (1400bs, 4 días todo incluído)

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.