Vendedores callejeros instalados en las veredas.

DETRÁS DE LA CIUDAD

Cada vez que conozco alguien en el viaje, y me preguntan qué conocí de Bolivia, muchas veces es la misma reacción: me preguntan qué me pareció Oruro, mirándome con cara expectante. Aunque a primera vista, y la impresión que más me quedó fue la de una ciudad caótica y sucia, también fue uno de los lugares donde más aprendí de costumbres y tradiciones, del día a día.
Oruro desde las alturas

Oruro desde las alturas.

 
Hace dos semanas, un domingo a la noche, cuando estaba en la calle viendo los desfiles por los festejos patrios (el 6 de agosto es el Día de la Independencia, y durante varios días las diferentes instituciones, colegios, universidades e institutos hace desfiles por el centro, con mucha música, colores, y bastante caos en el transporte público) me puse a pensar en Argentina, en qué hacemos nosotros para, por ejemplo, el 9 de julio. Nada. No se me vino nada a la mente. Lo único que recuerdo son actos escolares hasta la secundaria, vacaciones, viajes, época de finales en la universidad, festejos de cumpleaños. Nada de desfiles, nada de conmemoraciones, nada de celebraciones que involucren a todos. Me empecé a acordar de todos esos festejos y celebraciones que me contaron que se hacen en Bolivia: Carnaval, Pascuas Floridas, San JuanSanta Anitala peregrinación a Chaguaya, San Roque, Todos los Santos, festejos por la fundación de cada ciudad, y una lista con varios etcéteras. Festejan por todo, siempre tienen una razón  para juntarse, celebrar, y en general, tomar (si hasta dicen que el territorio perdido a manos chilenas fue porque estaban festejando Carnaval cuando Chile los invadió).
Y me puse a pensar en Argentina, en qué celebramos nosotros de alguna forma en especial. Me repasé todo el calendario tratando de acordarme de algún festejo en particular, de alguna celebración diferente. No logré recordar ninguna. Carnaval: a excepción de Gualeguaychú y Jujuy (hasta donde yo sé) no se festeja en otro lado. Pascuas: aprovechamos el finde largo para viajar, o si nos quedamos en casa, el domingo se come bañacauda (por lo menos esos son mis recuerdos de infancia en casa). Festejos patrios: vacaciones. Navidad: gran cena familiar y salida con amigos. Año nuevo: ídem. ¿Puede ser? ¿O me agarró amnesia y me olvidé de algo especial? Por eso encuentro tan lindo que se hagan tantos festejos, tantas celebraciones diferentes. Aunque haya estado tres horas parada, con la temperatura que bajaba medio grado por hora, me pareció increíble ver tanta gente reunida, mirando el desfile.
Más allá de las celebraciones, hay cosas que veo día a día desde que llegué a Bolivia, pero que en Oruro me sorprenden más y más. Capaz porque todo se intensificó.
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Una de esas cosas, es la gente comiendo en la calle. Aunque pasa todo el día, en Oruro durante la noche hay más variedad aún. Los puestos abundan en variedad y cantidad: mini quioscos, salteñas, pororó y tutucas, jugo de naranja, venta de frutos secos y chips, hamburguesas, dulces y golosinas, salchipapas, gelatina, postres, sopas. No sólo puestos ambulantes, sino que Oruro también está plagado de negocios y mini-restaurantes donde se sirve pollo. Pollo pollo y más pollo. Pollo al spiedo, pollo a la broaster. Porción, cuartos, medios, enteros. Papas fritas, hamburguesas y trancapecho (un sandwich de milanesa gigante). No sé qué habrá sido primero, si los puestos callejeros, o la gente comiendo afuera. El huevo o la gallina. Aunque es bastante caótico, por otro lado me encanta: le da vida, dinamismo, actividad permanente a la ciudad, gente de acá para allá todo el tiempo. Y lo mejor: es que encontrar comida es tan fácil como dar la vuelta a la esquina. O hacer dos pasos.
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Y siguiendo con el tema caos, si los puestos ambulantes hacen que la gente camine por la calle (porque las veredas son muy angostas, y la mitad están ocupadas por los vendedores y sus puestos), los mini-buses -el transporte urbano- no contribuyen a que el tráfico en las calles sea más ordenado. Circulan por la ciudad a la ley de la selva, gana el más fuerte. Es impresionante, juro que no deja de asombrarme no haber visto un choque todavía. Entran a las calles y a las avenidas tocando bocina, anunciando su llegada -y pasada prioritaria, obvio- y se meten, así sin más. No importa si vienen por la derecha, o por la izquierda, si entran a una avenida, si hay una rotonda, quién tiene la prioridad, si viene un peatón u otro auto. Y nadie se enoja, nadie toca bocina para decirle que hizo algo más, nadie putea a nadie. Y por si vale la pena aclarar, uno puede subirse y bajarse en cualquier lado. En la esquina, a mitad de cuadra, a la vuelta de la esquina, incluso si alguien hizo parar al mini hace 10 metros, yo puedo pedirle que me deje ahora. Ya. No importa. No existen paradas ni nada parecido, menos importa cuando pagamos. Cuando nos subimos, cuando nos bajamos, durante. Cada uno decide. Lo sorprendente es que el conductor nunca se olvida de quién pagó y quién no.
Vendedores, incluso con carteles que lo prohíben.

Vendedores, incluso con carteles que lo prohíben.

Gente caminando por la calle, por el auto estacionado arriba de la vereda.

Gente caminando por la calle, por el auto estacionado arriba de la vereda.

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Cada día que pasa, en estos dos meses que llevo en Bolivia, sigo asombrándome. Eso es lo que me gusta de viajar: poder conocer, más allá de los paisajes y las ciudades, otras realidades, otras costumbres y tradiciones, otras culturas, otras formas de vivir, de celebrar. De ser.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.