VEO VEO #3: UNA CALLE, MUCHAS CALLES

VEO VEO #3: UNA CALLE, MUCHAS CALLES

Tantas calles. Tantos asfaltos y veredas por los que pasé. Calles en las que viví años, otras por meses, algunas tan sólo unas semanas, incluso días. Pero hay una, una en especial. Ni siquiera es una, son unas. Son varias, es esa en particular y todas las que están alrededor. Son varias que se entrecruzan, que van, vienen, que no tienen -o no tenían- sentido, que no tienen límites, que son la misma cosa, la misma esencia. Desde donde el cielo se ve mejor que en ninguna parte de la ciudad, desde donde el aire se respira más puro y fresco que en cualquier otro rincón de Rafaela, en donde se siente más libertad que en cualquier otro barrio.
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La calle, y las calles, de mi casa, y de mi barrio, son así. Libres, puras, abiertas, con el viento que corre despeinándote, con el sol que calienta la piel, con perros que se escaparon de sus casas para dar una vuelta un rato y hacerse amigos, con gente haciendo deporte, con cielos llenos de estrellas, con otoños rojos y amarillos, con inviernos de árboles pelados y calles desiertas, con primaveras de olor a jazmín, con veranos de piscinas borboteantes (¿existe esa palabra?) de agua y gente y chicos andando en bici, con árboles y pasto en lugar de veredas, con fines de semana de padres tomando mate y nenes columpiándose y bajando toboganes, con casas con patios verdes, con atardeceres rosados y naranjas y amarillos de campo.
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Mi calle no es sólo mi calle, es esa calle y todas las de alrededor, esa donde cuando nos mudamos hace casi quince años atrás no tenía amiguitas para jugar a las muñecas o saltar la soga o jugar a la mancha, pero desde donde todos los mediodías venía la congregación de teros reunidos en mi patio, donde todavía enfrente no había casas sino vacas pastando (que ya no sé si es un recuerdo o mi imaginación de hace más años todavía), donde no había carteles con nombre de las calles ni mucho menos un sentido obligatorio, donde cada verano sólo tenía que cruzar una puerta para meterme en la piscina, donde la mitad de las calles a mi alrededor eran de tierra y donde, aunque estaba a quince minutos del centro, siempre pareció que vivía en el fin del mundo.  No habrá sido el fin del mundo, ni siquiera la última calle de la ciudad, pero para mi siempre fue la puerta de entrada a otro mundo. Mi mundo.
* Este post forma parte del ¡Veo Veo!, un juego donde el 15 de cada mes, los que participamos escribimos sobre un tema escogido previamente. ¿La idea? Volver a ser niños durante un rato, una excusa para conocer otros lugares, historias, viajar a otros lugares sentados en casa de la mano de otros viajeros.  ¿Te interesa? Unite algrupo en Facebook, donde elegimos el tema y posteamo todos los veo-veos. Además, podés seguirno en Twitter con el hastag #veoveo.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.