Oruro desde las alturas

BENDITO FRÍO

Desde que dije que iba a Oruro, la gente alrededor mío no hizo más que meterme miedo. Pero no por un tema de seguridad, de robos, violencia o algo así. Nada que ver. Me metían miedo respecto al frío. Que era helado, que hacía mucho frío, que iba a congelarme, que en bus hasta allá iba a morir si no me llevaba una bolsa de dormir o una manta para taparme. Cada vez que decía que iba a ir a Oruro, la respuesta era la misma: “te vas a morir de frío”, así que el día que me iba, pedí una manta de polar para llevarme y poder taparme, porque además llegaba a las 5am al terminal, y seguro iba a tener que esperar unas hora hasta que alguien vaya a buscarme.
Oruro desde las alturas

Oruro desde las alturas

El bus salía a las 5pm, y aunque intenté llegar con más anticipación, mi hacer-siempre-todo-sobre-la-hora me hizo llegar 5 minutos antes, suficientes para despedirme de Guddy, Edwin, Danilo y Kari, los chicos que fueron a despedirme al terminal,  agradecerles por todas esas semanas ahí, subirme al bus, pagar mi derecho a terminal, y acomodar mis mochilas en mi lugar.
Alguna vez (varias en realidad, pero ésta en específico con el transporte interurbano) tuve un choque cultural cuando estaba de intercambio en Kenia, en el primer viaje que hice yendo a Kisumu: algunos de los vidrios de las ventanas estaban rotos, así que aunque era pleno verano, el vientito fresco que entraba, junto con los asientos rotos, hizo un poco incómodo poder dormir en toda la noche. Esta vez, una hora después de salir ya estábamos todos con los gorros puestos, las mantas o frazadas extendidas, cumbia de todo tipo sonando bien fuerte y el bus saliendo de la ciudad. Contra todas mis expectativas, los asientos semi-cama se reclinaban bastante más que los semi-cama de Argentina, así que el viaje -con gorro y frazada incluídos- fue más cómodo de lo que esperaba. Hasta la película fue un choque cultural: más allá de que había un solo televisor en todo el colectivo, la película fue toda una sorpresa. Era mexicana, de esas que de tan malas te hacen reír, que de tener un humor tan sencillos y ser tan pavas son bastante graciosas.
Subida al Cristo.

Subida al Cristo.

Llegué a Oruro a las 5am, y al entrar en el terminal, quedé sorprendida: un mar de gente durmiendo en el piso, cual gente sin techo, con sus mantas en el piso a modo de colchoncito, y las otras mantas arriba tipo frazada, una al lado de la otra, esparcidas por todo el terminal. ¿Qué iba a hacer yo a esa hora? Me había quedado sin crédito, y tampoco hubiese dado llamar a esa hora, así que tomé el ejemplo y me acurruqué en un rinconcito, me enrosqué en mi manta y me puse a dormir. En un momento siento que me patean los pies diciéndome “vamos, levantate, no se puede dormir”, miro a los costados y ya no había más nadie: o se habían ido o los habían echado como a mí. Eran las 7am, me levanté, agarré mis cosas, pregunté por tarjetas de crédito y me dijeron que las conseguía fuera pero más tarde. Por suerte, me llamaron al ratito y me fueron a buscar.
Durante el día, todo me daba un poco vueltas: el viaje me había dejado medio mareada, la altura me tenía casi asfixiada (subía 10 escaleras y ya necesitaba un tubo de oxígeno), el frío no era tanto como decían (de hecho, estaba más lindo que el día anterior en Tarija), y el cansancio general apenas me dejaba energías para caminar.
Iglesia de Socavón, y el mirador de la Virgen detrás.

Iglesia de Socavón, y el mirador de la Virgen detrás.

En unos días me di cuenta de algo: las casas son más frías que estar afuera. No sé si es porque el gas acá es caro, o porque no está difundido la calefacción o qué, pero juro que en general es mejor estar afuera andando, que adentro, por lo menos de día. Se me congelan los dedos cuando estoy en la compu, los pies es como si estuviera pisando hielo. Y afuera hace 10°C, lo cual no está nada mal para las predicciones de “te vas a morir de frío”.
Una cosa es cierta: yo estoy negada al frío. No es mi época, no me gusta, no quiero. Empecé a viajar en junio, con todo el invierno por delante, y apenas si me traje unas remeras mangas largas y un polar. Ni bufanda, ni gorro, ni guantes. No quería creer que el invierno iba a ser real en Bolivia. Por lo menos en Oruro lo es.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.