Simplemente tierno =)

FESTEJANDO EN CHIQUITO

“Dale, dale, apúrate vos, que ellos nos van a comprar, así hacemos más plata”, le decía Alejandro, un nene de 5 años, a su hermano mayor, que estaba haciendo los mini kebabs en la parrilla. Él era uno de los tantos puestitos que estaban en la plaza por Santa Anita, y administraba todo perfecto: controlaba que las hermanitas cobren, te daba los tickets y te explicaba cómo servirte, apuraba al hermano parrillero y ordenaba a la mamá a preparar la ensalada.
Alejandro y su parrilla con mini kebabs.

Alejandro y su parrilla con mini kebabs.

Una de las tantas nenas al frente de sus puestos.

Una de las tantas nenas al frente de sus puestos.

Si hay algo, entre varias otras cosas, que me gusta de viajar, es conocer y vivir sus fiestas típicas, tradiciones y festejos propios. Como que tienen un no-se-qué muy especial, algo casi mágico. Prácticamente cada semana que estuve en Tarija, me enteraba de una nueva: que San Juan y la noche más fría del año, que Chaguaya y su peregrinación, que Carnaval y comadres, que San Roque y los chunchos promesantes, que las Pascuas floridas. Casi todas fiestas que eran en otras épocas del año.
 
Otra de esas es Santa Anita, o Fiesta de los Niños, un festejo tradicional de Tarija que tiene ya más de un siglo de tradición. Aunque la verdadera Santa Anita es el 26 de julio, empieza a celebrarse en varios barrios de la ciudad dos semanas antes, así que aunque no iba a estar para la fiesta en sí (como para la mayoría de las fiestas que me contaron), el domingo al mediodía fui a dar una vuelta por las pre fiestitas de lo barrios =)
 
Comidas y postres tradicionales.

Comidas y postres tradicionales.

Miniaturas de todo tipo de dulces.

Miniaturas de todo tipo de dulces.

Pescaditos y cangrejitos, en un puesto donde invitaban a probar chicha sin compromiso.

Pescaditos y cangrejitos, en un puesto donde invitaban a probar chicha sin compromiso.

Simplemente tierno =)

Simplemente tierno =)

Briana, una beba de 7  meses, la vendedora más chiquitita de Santa Anita.

Briana, una beba de 7 meses, la vendedora más chiquitita de Santa Anita.

La tradición empezó en 1884 en el Colegio Santa Ana, el primer colegio de niñas de la ciudad, que para conmemorar su año de creación, decidió instalar stand de masitas, muñecas, ropitas de muñecas y confites, en un trueque por botones de conchitas que se compraban muy baratos en las grandes tiendas. Toda la fiesta era para lograr mayor acercamiento entre las niñas, y como también podían sumarse al festejo otras personas por fuera del colegio, con los años la actividad empezó a ser cada vez de más interés para otros barrios, hasta que en 1892, en la calle Cochabamba se levantaron los primeros puestos de miniaturas, donde hoy en día se celebra Santa Anita cada 26 de julio.
A punto de entregar el chicharroncito de pollo.

A punto de entregar el chicharroncito de pollo.

Aloja de mani. Primera vez que la probaba: rara, pero rica.

Aloja de mani. Primera vez que la probaba: rara, pero rica.

Asando zonzitos.

Asando zonzitos.

Venta de muñequitos de chunchos, los hombres promesantes de la fiesta de San Roque.

Venta de muñequitos de chunchos, los hombres promesantes de la fiesta de San Roque.

Desde 1999, se empezó a realizar la Pre Fiesta de Santa Anita, por lo que ahora ya dos semanas antes pueden encontrarse en diferentes barrios, durante el fin de semana, puestitos con ventas en versión miniatura: comidas y bebidas típicas, postres, camioncitos, mueblecitos, muñecas, ropitas, tortitas, alfajorcitos, postres, dulces, todo en versión chiquitita, mini. Los papás se quedan cocinando y preparando los puestos hasta cualquier hora de la madrugada, pero los más lindo es que al día siguiente son los peques son los protagonistas, son ellos los que se ponen al frente de los puestos y recaudan lo ganado en mini-chanchitos para después usarlo en la Santa Anita de la calle Cochabamba.
Chachito de alcancía y mini empanaditas blanqueadas (eran más que mini)

Chachito de alcancía y mini empanaditas blanqueadas (eran más que mini)

 
Algunos más tímidos que otros, algunos ya cansados, se quedaban sólo mirando mientras sus mamás servían los platos y cobraban, y algunos todavía seguían con las ganas de vender. “Pase por mi puesto por favor, pase por mi puesto por favor”, se nos acercó corriendo una nenita. Vendía pororó, majadito (una comida típica de Santa Cruz, que es arroz, charqui, plátano frito y huevo frito) y mini-tortas. Al lado, había un nene que tenía producto propio: licorcito de leche Don Gabriel, con nombre y foto propia en la botella.
"Pase por mi puesto por favor", se nos acercó corriendo, y allá nos llevó para mostrarnos lo que vendía.

“Pase por mi puesto por favor”, se nos acercó corriendo, y allá nos llevó para mostrarnos lo que vendía.

Gabriel y sus licorcitos de leche.

Gabriel y sus licorcitos de leche.

 
Aunque me hubiese encantado ir a comprar botones para después cambiarlos por tantas cositas ricas, la modalidad del trueque decayó durante la Guerra del Chaco, allá en la década del 30′, y desde ese momento, todo se hace normalmente con dinero. De todas formas, al ser todo en versión mini, es muy barato, y ambas razones dan ganas para picotear un poco de todo. Lo primero que probamos fue la sopa de mani, o mejor dicho, mini sopita de maní. La mamá de “Doña Anita”, la nena dueña del puesto, nos contaba que no se había vendido todo, pero tampoco la ganancia era el objetivo de la fiesta. Tampoco lo que sobrara no iba a desperdiciarse, era el almuerzo del día para toda la familia.
Anita y su cacerolita con comida.

Anita y su cacerolita con comida.

Otra de las cosas típicas de la fiesta -y que obvio no me quedé sin probar- es la suerte sin blanca, algo así como un sorteo con papelitos con premios donde, al no haber “blanca” (papelitos en blanco) uno siempre gana algo. Yo me gané un mini-cedazo, algo que dudo me sirva durante el viaje, así que lo dejé en la casa donde estaba parando.
Todo los premios de la suerte sin blanca.

Todo los premios de la suerte sin blanca.

Aunque hayan pasado años desde que comenzó, aunque haya vendedores ambulantes que se instalen en la fiesta tratando de competir con los nenes, aunque haga frío y esté ventoso, hay ciertas cosas que nunca se pierden. La magia y la originalidad de un festejo donde los más chiquitos son los protagonistas fue algo que nunca había visto antes, y envuelve el ambiente en mucha inocencia. Como me dijieron por ahí, es imposible decirle que no a un nene.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.