Las empanadas blanqueadas, rellenas con dulce de cayota y con meregue arriba, son típicas de San Lorenzo.

GRACIAS, PROVECHO

Así termina cada comida, cuando alguien se levanta de la mesa diciendo “gracias”, y todos responden con un “provecho” (cantadito con acento tarijeño) al compás. Y así empieza también, con un “provecho” cuando alguno se une a la mesa más tarde. Lo mismo si pasa un amigo y se acerca a saludar.

Las empanadas blanqueadas, rellenas con dulce de cayota y cubiertas con merengue, son típicas de San Lorenzo.

Las empanadas blanqueadas, rellenas con dulce de cayota y cubiertas con merengue, son típicas de San Lorenzo.

Si algo noté desde que llegué a Tarija, es lo educados que son. En la casa, entre amigos, en la calle; cuando se saludan, cuando se levanta de la mesa, para irse en medio de una charla. A veces hasta siento tengo que cuidarme cómo hablo, lo que digo, cómo lo digo, para no hablar muy fuerte, no sentirme tan despilfarrada, por así decirlo, por la informalidad a la que estoy acostumbrada. Además de súper educados, son muy tranquilos. Uno puede estar en un bar o restaurante lleno o con muchas personas, y no hay barullo. La gente habla despacito, y para mí, que estoy acostumbrada a estar con diez amigos y que tres estén hablando a la vez, o que vengo de una casa donde los domingos que almorzábamos en casa me despertaba cuando llegaban mi abuela y tías y empezaban a charlar con mi mamá (y eso que mi pieza queda en la otra punta de la casa), me resulta extraño estar en un bar y que esté silencioso, tener que preguntar dos veces lo que me dicen, o tener que acercarme más a las personas para poder escucharlas. Realmente me siento rara. Como si faltara sonido ambiental.

En las casi tres semanas que llevo en Tarija, me han hecho siempre sentir cómoda y bienvenida, además de malcriarme   llevándome a conocer lugares y haciéndome probar comidas. En la casa, en la calle, en los pueblitos en los alrededores. Me preguntan, pregunto, me hacen probar, me preparan para que lo pruebe, lo conozco de casualidad.

Almuerzo de domingo en familia: pescado a la parrilla en casa

Almuerzo de domingo en familia: pescado a la parrilla en casa

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Ultimando detalles: la ensalada arriba de las papas, fideos y carne, antes de servir el saice.

El primer día que llegué, Paola, una de las chicas de AIESEC, me llevó al Mercado Central a tomar combinado, una bebida-postre-jugo que tiene helado de yogur con jugo a elección. Yo lo pedí con frutilla, y la mezcla con el gustito a yogur de vainilla congelado quedaba riquísimo. En la casa, una de las primeras comidas que me hicieron probar fue la arvejada, algo que me hizo acordar a nuestro revuelto gramajo: papas fritas, arvejas y zanahoria, todo cocinado con queso y huevo (originalmente tiene carne picada también, pero no le pusieron), servido con arroz. También hicieron sopa de maní (que, a decir verdad, tenía poco gusto a maní, y para mi sorpresa, venía con un pedazo de pollo adentro), carbonada (el clásico de zapallo), saice (arroz, papa, carne picada y arvejas, con ensalada encima, aunque yo ese día no volví a almorzar y me dio un poco de culpa porque lo habían hecho para que yo lo conozca), y hasta me enseñaron a hacer jugo de lima sólo con la cáscara. La comida callejera no podía faltar, y varias veces fuimos al Puente San Martín: uno de los primeros días, me llevaron para comer pura y exclusivamente pasteles, una empanada frita de queso con azúcar impalpable arriba, y api, una bebida caliente de maíz. Un sábado que fuimos a la tardecita quise probar otra cosa, y pedí zonzo, que me gustó tanto que después sólo quería ir al puente para volver a comerlo: es simplemente yuca con queso, que se pone en un palito y se caliente a las brasas (de hecho creo que por eso es tan rico, por lo sencillo =)).

Zonzo concinándose a las brasas, en el puente San Martín.

Zonzo concinándose a las brasas, en el puente San Martín.

El día de la feria de AIESEC, que estuvimos de 8 a 14hs en la Plaza Sucre con un stand contando sobre AIESEC a la gente que se acercaba, y hasta salimos en la tele y la radio, todos comimos salteñas, una empanadas al horno hechas con masa de maíz y rellenas con carne picada, papa. Hasta me han llevado a otros pueblitos sólo -o casi sólo- para probar comidas: en San Lorenzo comimos empanadas blanquedas (empanadas con dulce de cayota, y arriba le ponen merengue al momento de comprarlas) y rosquetes, y a la vuelta, en Tomatitas, paramos a comer las mejores humitas de mi vida, con queso, a la plancha (!) y un dulzor… me hubiese llenado una mochilota con esas humitas.

Api y pasteles de merienda, una tarde en el puente San Martín.

Api y pasteles de merienda, una tarde en el puente San Martín.

Para mí, que no como carne hace años, en los viajes siempre me vuelvo casi-supuestamente-vegetariana, ya que muchas veces prefiero flexibilizarme un poco si no encuentro ninguna otra cosa alrededor, o tengo ganas de probar algo típico del lugar (como me paso con las salteñas, que debo reconocer que estaban increíbles), o porque al parar en casas de familia prefiero adaptarme a que ser un dolor de cabeza.

Me viene yendo bastante bien. No veo la hora de seguir viaje en tour gastronómico.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.