BARRERAS

BARRERAS

Esta semana fue diferente. La disfruté. Mejor dicho, me disfruté. Me disfruté a mi estando acá.

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La vida es así, vamos cambiando, evolucionando.. siempre para mejor. Ya llegará nuestra primavera =)

Si la semana pasada decía que me volvía a Argentina, podía llegar a parecer loco, pero iba a ser real. Toda la semana estuve con vaivenes emocionales, pensando en qué estaba haciendo, en cómo extrañaba mi casa, Rafaela, mi familia, mi vida en Santiago, ciertas personas en Santiago (siempre hay algunas que extrañamos más que otras, siempre están los que significan demasiado), en que era la única que faltaba en los almuerzos y cenas familiares, en que me extrañaban, en que yo extrañaba, en demasiados “cómo sería si”, “que hubiese sido si”, en momentos y potenciales momentos. Sobre todo, mi cabeza estaba en un tire y afloje, entre dos ideas: vivir fija en un lugar, y salir a conocer todos los lugares con los que sueño.

Pero basta. Un día dije basta. ¿Qué sentido tiene irme de viaje si no voy a disfrutar el estar de viaje? ¿Para qué quiero irme a vivir algo diferente si no voy a vivir la diferencia?

También fue un proceso. Ahora leo mi cuaderno, y veo que no fue algo de un día para el otro, tuvo (o tuve) su evolución. El sábado pasado a la noche vi una peli, ni sé cuál era, la agarré empezada (y tampoco la terminé de ver), sólo sé que era co Brittany Murphy. El tema era que, en una de las escenas decía algo así como que para que las cosas funcionan hay que usar el corazón, la cabeza hace mucho ruido y no nos deja sentir con claridad; a veces el conocimiento no es suficiente si no se pone amor en el proceso. Estaban hablando de preparar una comida, pero yo lloré. Lloré porque me hacía acordar a mi, a mi vida, a mi ahora, a mí siempre. En esos días estaba pensando demasiado, sentía que los días se me pasaban sin nada en concreto, que el tiempo se me escurría entre las manos. Me sentía de vuelta en noviembre pensando todo el tiempo, dándole mil vueltas a la vida. Y también pensé ¡no será más fácil usar toda esa energía, todo ese flujo de pensamientos, en algo positivo?

Al día siguiente, pasé por otra etapa: me di cuenta que mientras más entiendo (bueno, digamos que no es nuevo para nadie, pero adquirió otro significado para mí) que viajar no es igual a vivir en una ciudad estable, más aprovecho el tiempo otras cosas. Mientras más entiendo que viajando no tengo a mi amigos de siempre, más dispuesta estoy a conocer gente nueva; mientras más entiendo que viajando no tengo obligaciones con limpiar, cocinar y esas cosas, más tiempo tengo para leer, dormir, ver pelis o hacer lo que quiera. Mientras más entiendo que viajando no tengo horarios establecidos, más puedo usar ese tiempo para recorrer la ciudad a mi modo, ir a conocer los alrededores sin esperar el finde. Mientras más entienda eso, más voy a poder tomar lo mejor de cada uno y aprovecharlo al máximo en su respectivo momento.

Y así, paso a paso, mi mente fue cambiando. Como antes del viaje, cuando estaba en blanco y después el rompecabezas se armó. Estaba feliz con mi decisión, con mi realidad. Y se nota, a mi alrededor lo notan. El jueves dos de los chicos de AIESEC me llevaron a conocer San Lorenzo, un pueblito a 20′ de Tarija, y Tomatitas, un barrio de las afueras de la ciudad. Se me reían por mi cara de felicidad cada vez que los alcanzaba después de quedarme atrás sacando fotos, y se me reían más todavía cuando me ponían enfrente una comida rica (me lo dijieron con las empanadas blanquedas, con las humitas, con el zonzo) porque me brillaban los ojos. Y así era. ¿Vieron cuando sentís que sonreís en serio? ¿Que sonreís con tu cara, tu alma, tu mente, corazón, con cada músculo? ¿Que es auténtica, real, 100% verdadera? ¿Que te sentís contenta con todas las letras, de la palabra y del abecedario, esa felicidad que te invade por dentro y se irradia por fuera? Eso, exactamente esa sonrisa, a mi pasa cuando hago lo que amo, cuando estoy con la gente que quiero (en los dos sentidos: gente a la que quiero, y con la gente que quiero.. me explico?), cuando estoy en un lugar que me gusta, cuando la estoy pasando bien, pero, por sobre todo, cuando siento que estoy donde -y cómo- quiero.

Ahora lo pienso, lo releo en mi cuaderno, lo escribo, y me cuesta creer que estuve así, me cuesta creer que siquiera lo pensé. Gastaba mucha energía, mucho tiempo, pensando, en vez de disfrutar el estar acá, el conocer, el aprender, el país, el viaje, las personas. Hasta que entendí: ¿por qué no focalizar toda esa energía en algo positivo, en mirar para adeltante y aprovechar el ahora y todo lo bueno que va a venir? Yo misma me lo dije una vez: tengo el presentimiento de que muchas cosas buenas van a pasar. Y eso va a ser sólo si tengo mi mente puesta eneso, si sintonizo en actitud positiva, y canalizo la energía a mi favor (y no para que me tire para abajo).

Y cuando lo entendí, me acordé de otra cosa: me pasó en cada de uno de mis viajes. En realidad, en esos viajes que significaban un antes y un después, un cambio abrupto en mi vida. En Kenia. En Buenos Aires un tiempo antes de irme a Chile (que era la misma etapa). Ambas veces, sólo pensaba en volverme, en retomar mi vida de antes, en por qué había tomado semejante decisión. Y ambas veces, cuando pasé esa semana (porque fue sólo la primera semana), cuando pasé la barrera, cuando superé el bloqueo mental  (porque al final, es un bloqueo mental de disfrutar, es un estancamiento en un solo pensamiento poco constructivo y nada fortalecedor), cuando logré cambiar el chip en mi cabeza, cuando deje de pensar en los “qué sería si” y empecé a disfrutar el momento, todo cambió.

En esos momentos, me doy cuenta que es sólo querer. Que avanzar depende de nosotros. Que las barreras son sólo mentales, y que derribarlas depende también sólo de nosotros. Que disfrutar lo que nos toca (lo que elegimos en realidad, todo son elecciones en esta vida) depende de nosotros, y cómo miremos la realidad que nos rodea. Por que al final, las decisiones que tomamos son las que nos marcan, las que nos definen como personas, las que moldean qué, quiénes, cómo somos.

Y las respuestas al por qué de las decisiones, sólo se ven desde afuera. Sólo superando esas barreras, logramos crecer e ir más allá. Al final del camino -o a mitad, por qué no- vamos a ver que todo valió la pena.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.