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BIENVENIDA

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Los días en Salta fueron un intermedio entre seguir en casa y empezar a viajar. Estando en casa de mis tíos, todavía estaba en familia, me sentía cómoda, en lo conocido, haciendo más o menos lo mismo que hacía en casa (salvo el hecho de acostumbrarme a la altura y dormir siestas por doquier). Así, durante seis días.

El lunes me llegó la hora de verdad. Era el día en que me iba a Bolivia, para empezar el viaje. El viaje en serio. A las 8:30 un amigo de mi tío me pasó a buscar, ya que el iba a Tabacal, un ingenio de azúcar que queda cerca del paso fronterizo donde yo tenía que pasar. Tres horas después, llegamos al ingenio, desde donde me fui en taxi (me hacían súper precio porque era el que trabajaba con ellos) hasta Aguas Blancas, la ciudad argentina fronteriza. Ahí hay dos opciones, cruzar el río en chalanas (botes), o pasar caminando por el puente internacional. Como las migraciones que están al lado de las chalanas estaba cerrada el lunes por remodelaciones, me fui hasta el puente, que una vez cruzado a pie, ya me dejaba del lado boliviano. Me sorprendió que no me hayan revisado nada. Nada de nada de nada, sólo completar el formulario y listo todo. Desde ahí, taxi compartido, y en 3hs estaba en Tarija.

En el camino en el taxi hasta Aguas Blancas, me sorprendió sobremanera ver a los bagayeros, esas personas que aparecían en la nota que Lanata hizo unos domingos atrás cuando hablaban de las fronteras sin control y, entre una de ellas, aparecía esta, Aguas Blancas-Bermejo. Era todo tal cual: primero cruzamos los autos, 4 o 5, estacionado al costado de la ruta, esperando. Un poco más adelante, a 300m más o menos, cruzamos Gendarmería, y unos 500m más allá, los vimos: tres autos cargados a más no poder, con los baúles rebalsando de bagayos (bultos, de donde viene el nombre que se le da a esas personas), los techos tapados por más y más paquetes, hasta por lo menos un metro de altura, y los autos planchados por el peso. Y ahí estaban ellos también: los señores bagayeros, desatando las sogas con las que todo estaba atado y asegurado, ahí estaban con los torsos desnudos bajo la llovizna, haciendo todo rápido para echarse las cosas a la espalda y empezar a correr por detrás de árboles y arbustos evadiendo (si es que se puede decir evadiendo, es lamentable pensar que les pasan al lado y Gendarmería no hace nada) los controles. El señor que me llevaba me contaba que ahora estos tipos quieren hacer un sindicato, para tener un pase legal en la frontera… algo así como hacer legal lo ilegal. Al principio eran unos pocos, pero hoy en día son cerca de 700 personas que hacen este “trabajo”, por lo que alrededor de 3000 viven de esto.

Siempre me llamó mucho la atención como, una frontera, una simple división hecha por el hombre, se trasluce en tantas cosas visibles y tangibles. Una línea imaginaria, un cartel de despedida y uno de bienvenida, un puente que cambia sus pintadas de color, un puesto de migraciones, una señal que lo anuncia, un cambio de operadora en el celular y listo, estamos en otro país. Algo tan invisible como una frontera se materializa, de forma obvia la mayoría de las veces, en rasgos diferentes, un acento nuevo, palabras que no conocemos, comidas distintas, y todo, a sólo un paso de distancia. Una línea que diferencia mucho más que sólo tierra.

Hice migraciones y me subi al taxi compartido rumbo a Tarija. Ya en Salta lo había visto: carteles que decían “coca y bica”. Sí, coca por hojas de coca, pero ¿bica? Lo veía una y otra vez, y seguía con la duda, y el pendiente de preguntarle a mis tíos. El lunes a la mañana, saliendo de Salta, volví a verlo. Era mi oportunidad. A medio camino de mi pregunta, me di cuenta: bica es por bicarbonato, que se ponen en la boca junto con las hojas de coca para que larguen más jugo. Y en el taxi, esta vez, lo sentí. Pude olerlo, palparlo en el aire. Y verlo: el bolo en el cachete derecho del conductor. Se ponía hojas de coca, un poco de bicarbonato, mascaba, abría la ventanilla, y escupía y escupía y escupía y escupía y escupía, y se ponía más hojas de coca y más bicarbonato y todo empezaba de nuevo.

Al lado mío iba una señora como las que uno (o yo por lo menos) siempre se imagina: vestido largo cuadrillé blanco y rojo, arriba un suéter naranja pálido con apliques de florcitas blancas, un chaleco verde, y un gorrito de lana azul por arriba de sus dos trenzas morochas. Ella fue la que me prestó su celular cuando llegamos a Tarija, y me insistió en que lo usara hasta que pude dar con alguien. Y ahí, a esperar que me vayan a buscar, sin saber si me iban a reconocer, si iban a tener que dar muchas vueltas para encontrarme, mientras perseguía al sol para mantenerme calentita, y miraba la gente pasar, ir, venir, cargar cosas, subirse a los buses, bajarse de los taxis…

A la hora y media (me había dicho 1h, así que está perdonado) llegó Danilo, el chico de AIESEC al que estaba esperando, tomamos un taxi y fuimos a la casa donde me iba a quedar por esa noche. Comimos un pan, tomamos té, hablamos un rato, llegó el dueño de la casa, y me mandó a descansar. Sísí, no me preguntó qué quería hacer, si quería descansar o qué, simplemente me dijo “debés estar cansada, andá a tu pieza, descansá, descansá. Ok. A las 9:30, después de hablar con mis papás, algunos amigos, leer un rato, escribir otro poco, me pareció raro que nadie me haya ido a tocar la puerta para cenar, así que fui al comedor: no había nadie. Cuando me estaba preguntando qué hacer, entrá uno de los chicos que vivía ahí, y nos pusimos hablar. Entre la charla, me di cuenta que de algo: todavía estaba en modo-argentina, y debía desactivarlo, ya. Si esperaba que me llamaran para cenar, probablemente nunca iba a pasar: ellos comen más temprano, algo así como el momento de la merienda en Argentina, y no suele ser un momento familiar (según me explicó el chico y vi los últimos días en mi nueva casa). También entendí por qué pensé que el señor del taxi compartido me había mentido cuando le pregunté cuánto salía un colectivo desde Bermejo hasta Tarija y me dijo 40Bs, si en la terminal pregunté y me dijieron que salía la mitad: el señor no me mintió, acá el colectivo es el taxi colectivo o taxi compartido, a eso que nosotros, sólo nosotros los argentinos llamamos colectivo (los ómnibus, los buses, los micros de larga distancia) se les dicen buses o flota.

Bienvenida a Bolivia, el viaje comenzó =)

PD/ Ya estoy en modo-bolivia.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.