ROMPECABEZAS

ROMPECABEZAS

Antes de empezar a viajar, muchas emociones se suceden. Viajar, como no termina cuando uno vuelve a casa, no empieza en el momento en que uno llega a destino. Viajar empieza mucho antes, es un estado mental, para mi es la predisposición a ver las cosas de forma diferente, a mirar con otros ojos, a aprender a vivir de otro modo. Y ese viajar, empieza antes, mucho antes de poner un pie en otro lado. Empieza imaginando, pensando, soñando con esos lugares, con esos recorridos, esas experiencias, esas personas que nos cruzaremos (o no), que conoceremos (o no) en el camino. A mi viajar me genera mucha mezcla de sentimientos y emociones, yo vivo pensando en todo lo que me gustaría conocer y hacer y ver, pero cada vez que tengo un viaje real frente mío, todas las emociones se me cruzan.
 
Todas las fotos son de Nono, un pueblito en Córdoba donde he ido varias veces a visitar a una amiga de la familia que vive allá hace unos años.
 
Si hasta hace medio año no sabía para dónde salir disparada, hasta hace un mes todavía no sabía si volverme a Chile o arrancar mi viaje, hasta hace 2 semanas me sentía totalmente en blanco, hace unos días, de repente, me empezaron a caer las emociones. Siento que por fin me siento contenta, feliz, en paz. Contenta con la decisión de irme, feliz porque siento que muchas cosas buenas están por venir, en paz por saber que realmente es lo que quiero hacer. Hasta hace un mes, todavía me daba vueltas el “qué hacer”, todavía me rondaba por la cabeza la idea (y las ganas) de volver a Chile. Pero hace unos días, algunas situaciones, encuentros, reencuentros, charlas e ideas empezaron a unirse. Empecé a sentir que la creatividad, ganas e ideas para escribir van saliendo de a poco más fácil, y que todo lo que me está pasando alrededor no hace más que echar más leña al fuego. Ahora siento que tengo un norte, un “algo” yéndome de viaje, y mil ideas que brotan de mi cabeza. Aunque viajar es lindo en sí mismo, yo sentía (en realidad, hace tiempo que me viene pasando con todos los viajes en general) que necesitaba una guía, algo transversal a todo el viaje, un “algo” que le de sentido, significado, trascendencia.
 
 
La semana pasada, una tarde volviendo de correr, me di cuenta que todo, poco a poco, iba cayendo, me iban cerrando cosas, me surgían ideas, conectaban otras tantas. Hoy, por fin, ¿8, 10? días antes de irme, me siento plenamente contenta con la decisión, con esa sensación de “esto es lo que quiero hacer”, y el presentimiento de que muchas cosas buenas van a suceder.
 
La semana pasada parece que fue clave. Revisando casualmente mi mail de AIESEC, encontré muchos, muchos mails sin leer. La mayoría eran spam o suscripciones, pero había uno en particular que por alguna razón, por más que era viejo, decidí leer. Era de un amigo que había estado viajando desde México hasta Argentina dado seminarios de concientización cultural y ambiental con su proyecto, ANDO. En unos días nos íbamos a ver, pero igualmente abrí su email: contaba cómo, después de terminar los seminarios, había estado viajando por Bolivia, la gente que había conocido, y lo que más me gustó, las experiencias que tuvo. Había estado ayudando en diferentes comunidades, en un orfanato, en la selva y no recuerdo dónde más, aportando desde donde sabía, viendo qué necesitaban. El mail me absorbió, y no pude más que responderle que estaba fascinada, que eso era justamente lo que yo quería hacer, que quería saber más, que me cuente todo. Me di cuenta que ese es el norte de mi viaje, que esa quisiera que sea la guía en este recorrido: viajar en contacto con la gente, ayudando donde lo necesiten, conociendo otras realidades.
 
 
Unos días después, por esas cosas de la vida, nos pusimos a hablar por face con otras dos chicas que, como yo, aman viajar y escribir. Tanto Maga como Marina escriben, están inundadas de ideas, de vida, de ganas de hacer cosas. Nunca las conocí personalmente, capaz nunca pase, pero nos conocimos a través de ese mundo virtual, y sólo leyendo sus blogs, uno nota que la energía que transmiten es única. Y nos pusimos a hablar. Y entre la emoción de los desafíos creativos que ellas están haciendo, de un curso de foto que Maga y yo empezamos, de los deseos de buen viaje, e intercambiar música, surgió otra idea: dejarse fluir, una vez por mes, sobre un tema particular sobre la ciudad propia o el lugar donde nos encontremos. Y nos entusiasmó tanto, que armamos grupo, sumamos gente, estamos eligiendo tema, y cada vez somos más. Tiene fecha de inicio, y de aparición mensual. No de fin. 
 
Ese mismo día, cuando volvía de correr, las ideas empezaron a surgir a borbotones. Yo corría y la mente me iba a mil por hora (¡si corriese así!). El día había sido tan productivo, había escrito tanto, me surgieron tantas ideas nuevas, que me iba dando cuenta cómo mientras más escribo, más fácil corre el lápiz, más ideas surgen, más veloz va la mente. Literalmente, las palabras y las ideas surgen a montones. Entre todo ese barullo interno, no sólo fue fue se me prendió la lamparita, fue como si un alumbrado público entero se prendiese. Todas las ideas, todo lo que había leído, lo que había hablado, lo que había escuchado, lo que hacía, lo que amo hacer, lo que creo me gusta, empezaron a conectarse, relacionarse, mezclarse, fundirse, y empezaron a tomar una nueva forma. Ese día,

 

supe  (o tuve una idea sobre) cómo armar todo, dónde poner cada pieza, cómo unir cada parte para lograr algo más grande.

 
La fotografía, escribir, viajar, trabajar en ONGs, ayudar a otros, enseñar, trabajar en equipo, todas esas cosas que me apasionan, empezaron a ocupar un espacio en un todo más completo, más significativo, más complejo. Hasta ahora, tenía una gran rompecabezas con todas las fichas desparramadas sobre la mesa, pero me estaba costando armarlo. Yo sabía que todas esas piezas tenían un lugar, pero no podía encontrar la manera de unirlas. A lo mejor había algunas fichas encajadas, puestas en su lugar, pero la gran mayoría estaba ahí, esperando, a la expectativa de ver cómo encastrar con el resto. Yo sabía que finalmente iba a tener una forma, un dibujo, una figura, algo en concreto. Mientras tanto, todo estaba ahí, desparramado, lo miraba (imaginariamente en mi cabeza) sin saber por dónde empezar, cómo ordenar tantas piezas sueltas parecidas y diferentes a la vez, tanta maraña de colores, formas y detalles. Yo sabía que finalmente iba a lograr una gran rompecabezas donde el todo tenga más valor, más sentido, que la suma de sus partes.
 
 
Ahora, pienso en lo poco que me queda, y esa mezcla de sentimientos es de pura alegría, felicidad y ansias por todo lo que se viene, se me revuelve el estómago y 100, que digo 100, 1000 mariposas me revolotean por dentro. Creo que me enamoré de viajar.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.