EN BLANCO

EN BLANCO

Hace rato que vengo planeando el viaje. Desde fin del año pasado. Al principio, la fecha de partida era febrero. Después marzo. Fines de abril. Mitad de mayo. Después pensé, mejor espero que vuelvan mis papás (que están de vacaciones). Llegó mitad de mayo y todavía sigo acá. Cada vez que me preguntan cuándo me voy, digo “a fin de mes”, “cuando termine los controles médicos”, o “en dos o tres semanas”, pero lo cierto es que ya empezó a ser una respuesta automática. Se que me voy, que falta poco. Pero anoche, cuando estaba escribiendo en la agenda las cosas para hacer al hoy, vi el calendario…. y zácate! Me di cuenta que se supone que en quince días me voy. El hecho de mirarme cara a cara con un calendario, ver día a día el tiempo que me queda, fue un freno en seco, un oh! (y con cara estática). Caí en la cuenta que no queda NADA. Y tengo mucho por hacer todavía.
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Entre una cosa y otra, me llegó el otoño

Espero que no me llegue el invierno…
Siento que tengo una lista eterna de cosas para hacer todavía. O varias: del blog, del viaje, generales. Siento que tengo un montón de cosas que hacer, que avanzo de a cuenta gotas, que cada vez tengo más y más cosas por hacer…. y que  se me viene la fecha encima. No puedo creer que después de tanto tiempo, tantas ganas, tantas veces imaginándolo, tantos años soñando con el viaje, finalmente llegue el momento. No caigo. No lo creo. No lo puedo creer. Lo peor, no se si quiero creerlo.
 
Tengo sentimientos cruzados, ya no como antes, creo que más que mezcla de sentimientos, es una anulación de los mismos. No siento nada. Muchas veces, cuando hablo o pienso en el viaje, no siento nada. No me lleno de emoción, no me invade la alegría, no siento esa felicidad plena. Ojo, tampoco me da miedo, o tristeza. Ni siquiera ansiedad.
 
Cuando me fui a Kenia, todos las emociones me desbordaron recién en el avión.
 
Es como que me siento en blanco. O normal, como en cualquier otro día. No creo recordarme nerviosa cuando me fui por primera vez sola, allá hace ya cuatro años, a Kenia. Todo lo contrario. Estaba inmutable. Lo mismo cuando me fui hace dos años a Europa, Turquía y Egipto, que era algo como mi primer “gran viaje”. Me sentía normal (sacando el detalle de que mi estómago lo sufrió toda la noche, no paraba de hacer ruido el pobre). Capaz que mi mezcla de sentimientos y emociones es tanta que se anulan entre ellos. La ansiedad opaca los nervios, la emoción pasa por arriba a la ansiedad, y la emoción se ve nublada por la incertidumbre. Quien sabe. Ya veremos cómo me siento el día previo (cualquier que sea, cuando me digne y anime a ponerle fecha).
 
Creo que esa es la palabra: ANIMARSE. No es que no me quiera ir. No es que me de miedo. Pero ponerle fecha significa concretizarlo, darle forma, decir “ahora si, me voy dd/mm”. Es saber que ese día, a esa hora, parte mi tren (literalmente). Que ya no puedo procrastinar una visita, una compra, escribir, un algo que hacer. Ya no hay vuelta atrás. Se hace o se hace. El tren se va. Ese día se me acumularán los nervios en la panza, la ropa arriba de la cama, los pensamientos en la cabeza, las palabras en mi cuaderno, los sentimientos en el corazón. Ese día va a ser como un año nuevo para mí, un nuevo capítulo en mi vida, un largarme una vez más.
 
Ya veremos cómo reaccione cuando me suba al tren.
 
Creo que ahora, este no se qué que tengo es por todo el período en stand by que pasé. En los viajes anteriores, siempre venía a mil, con la cabeza a toda máquina entre trabajo, estudio, amigos, deporte y algún etcétera, y el viaje significaba dejar ese estrés atrás, dejar la vida agitada (sacando Kenia, que fue después de un mes de pileta, que me hizo aterrizar más parecida a ellos que a los otros extranjeros). Sobre todo, creo que me adapté a Rafaela, a mi casa. Me acostumbré a tener mi familia conmigo todos los días. Los asados de los domingos. Cenar con mis abuelos seguido. Hablar con mis amigas, juntarme alguna que otra tarde. Moverme tranquila por la ciudad. Mi pieza. Mi perra que me mueve la cola rapidito cada vez que me ve llegar. El sol en el patio de mi casa. Ir a natación con mi papá. Ver pelis con mi hermano. Cosas que hacía años, varios años, que no las hacía más de cinco días. Diez capaz.
 
Me acostumbré a ver a mi hermano todos los días…
 
los asados de los domingos…
 
mi papá jugando con la Luna.
 
Pero de repente alguien que acabo de conocer me pregunta qué hago, a qué me dedico. Y veo todo lo que me espera, todos los planes para el próximo año: Bolivia, volver a trabajar en AIESEC, Perú, Ecuador, encontrarme con uno de mis mejores amigos, Amazonas, Brasil, planes de viajes con personas muy especiales para mi, volver a ver una gran amiga que conocí en Turquía, empezar a trabajar escribiendo para un diario, lugares que hace añares quiero conocer, reencuentros, el desafío de ver de qué viviré este tiempo (no estoy saliendo con muchos ahorros), paisajes que ni logro imaginarme.
 
Y en ese momento, una sola emoción me invade. Felicidad pura. La sonrisa de oreja a oreja es demasiado obvia.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.