HISTORIAS PARA NIETOS

HISTORIAS PARA NIETOS

Hace cinco años, una quincena de febrero me iba en mi primer viaje sola (en realidad, sin mis papás ni en tour), de mochilera, y con Flor (y en este viaje, con otra amiga más). El lema del viaje fue “100% adaptación”:  adaptarnos a salir del camping caminando y que dos chilenos que justo salían también se ofrezcan a llevarnos en auto hasta San Martín a tomar el  colectivo (que nunca salió así que nos llevaron ellos hasta el siguiente lago); adaptarnos a ir al lago a mirar estrellas fugaces en un bote inflable que los chilenos tenían (no se imaginen nada romántico, sólo que en esa parte del sur las estrellas se ven alucinantes por la poca contaminación lumínica que hay); adaptarnos a que cada vez que necesitábamos prender un fuego teníamos que pedir ayuda a alguien (sí, éramos -somos seguramente- muy malas para hacer fogatas); adaptarnos a hacer dedo en la ruta, que nos levanten un grupo de como once chicos , que peguemos buena onda y seguir recorriendo con ellos cinco días más, adaptarnos a sus planes de subir uno y otro cerro, a sus planes de comer tarta o empandadas y cambiar el menú de pastas de cada día; adaptarnos a quince días de sol radiante, a paisajes hermosos, a poco gente y más tranquilidad…  Básicamente, adaptarnos a un primer viaje que salió redondo, casi esférico de la cantidad de cosas buenas que hubo para completar ese redondel. Y volvimos cargadas de energía, felicidad, motivación, y una lista de próximos lugares donde viajar: Machu Picchu, Mendoza, las Cataratas de Iguazú, Europa, y quien sabe qué otros lugares cruzaron por nuestras cabezas. El día que llegamos a Rafaela de vuelta, bajamos del colectivo con una sonrisa de oreja a oreja, bailando al ritmo de (ustedes imagínense…) “El pato con una pata, el pato con la otra pata, el pato con las alitas, el pato con la colita, el pato que dice así: Machu Picchu, Machu Pichu!”  Felicidad total.

Volvíamos al ruedo!
Así, año tras año, planeamos un viaje, pero por una razón una otra nunca pudo ser. O por ser menor de edad y no tener la autorización para salir del país, o porque de repente nos cambiaban mesas de exámenes, o porque cada una ya había hecho otro plan de viaje, o porque nos cambiaban fechas en el trabajo. O era una, o era la otra, o éramos las dos, pero año tras año volvíamos a hacer el intento. Finalmente, cinco años y dos meses después, logramos coincidir. Ya más grandes, en auto (¡gracias mamá de Flor!), cada una con su chico, y con menos días por el trabajo, volvimos a salir de viaje. Juntas.
 
La ruta nos esperaba
 

La idea era ir a Mendoza (uno de aquellos varios destinos que habíamos pensando en nuestro primer viaje) y recorrer el sur, más precisamente San Rafael y Malargüe. Así que tras varios e-mails y skypes cuando yo todavía estaba en Chile, y un par de juntadas cuando ya volví a Rafaela, el viaje fue tomando forma. Entre que yo no soy mucho de planear mis viajes, que me gusta viajar con tiempo, y que viajo sola, este viaje era  diferente. Eran sólo seis días -de los cuales dos eran de ir y volver-, con cierta organización para poder aprovechar bien el tiempo, y con tres personas más.

El viaje comenzó con la ruta marcada, un lugar reservado para dormir la primera noche, la lista de lugares que queríamos conocer y las responsabilidades divididas. Y doce horas de viaje uniendo Rafaela-San Rafael.

El primer día ya en tierras mendocinas, salimos en dirección al Cañón del Atuel, buscando con la mirada un lugar para acampar. Vimos un camping precioso a orillas del río, lleno de árboles, así que lo tildamos mentalmente. Y seguimos camino, pensando que más adelante sería igual y que encontraríamos otro camping. Seguimos hasta que el paisaje cambió casi abruptamente; el río azul y los árboles verdes se convirtieron en tierra árida, marrón. Nadie se animaba a decir algo sobre volver. Sin darnos cuenta, habíamos pasado el Cañón del Atuel, uno de los lugares más lindos de la zona, sin siquiera detenernos a sacar una foto.

Embalse El Nihuil
 
Pescadores
Un lago en el camino
Después de un largo trecho, y con el hambre empezando a asomar, llegamos a El Nihuil, donde paramos a almorzar lo único que quedaba: pizza de queso blando (no muzzarela, como nos aclaró), y empanadas de choclo. No sabemos cómo, nos trajo empanadas de carne. Esa noche acampamos en el Club Náutico, algo más parecido a una villa de pescadores de categoría que a un camping.
 
En el club donde acampamos
Cómo me gustan los atardeceres…
Caía la noche
Después de comer, nos instalamos en el club de pescadores para acampar y terminar el día tranquilos, sacando fotos, mirando las estrellas, y con un asado improvisado. Al día siguiente, después de desayunar frente al lago, recorrer el club, el muelle, las casas, y finalmente levantar campamento, seguimos viaje rumbo a Malargüe. Por las ventanillas del auto empezamos a notar que el día empezaba a refrescar, y cuando de nuevo los estómagos se hicieron presentes, encontramos una sandwichería en una estación de servicio. Mejor, imposible. Estábamos los cuatro, cada uno con su sándwich enorme. Panza llena, corazón contento.
 
El Faro

Al día siguiente, después de desayunar frente al lago y caminar un poco, seguimos viaje rumbo a Malargüe. Por las ventanillas del auto empezamos a notar que el día empezaba a refrescar. Llegamos al pueblo un rato antes del atardecer y, antes de acampar, pasamos por la Oficina de Información Turística: nos enteramos que no íbamos a poder ir a la Cueva de las Brujas -uno de los lugares donde más queríamos ir- ya que había que reservar con bastante tiempo de anticipación (detalle del cual no teníamos ni idea). Esa noche nos dimos el gusto en un lindo restaurante (a cambio de las cuevas), volvimos esquivando la llovizna y nos fuimos a dormir. Esperábamos con ansias el siguiente día, porque pensábamos recorrer varios lugares que queríamos conocer.

 
Laguna de la Niña Encantada

Cuando nos levantamos, lo que sucedía no estaba entre nuestros planes: llovía. Fuerte, a cántaros. Diluviaba. Tanto que cuando fuimos a la Oficina de Turismo, además de cruzar charcos para entrar y sentarnos ahí a desayunar (porque era el lugar más seco que encontramos), nos dijeron que estaba todo cerrado, que los caminos estaban cortados, que no había nada para poder hacer. ¿Qué hacemos? Sin muchas más alternativas, nos fuimos a pasar el rato a una estación de servicio para jugar a las cartas un rato y apostar cuándo dejaría de llover.

A las dos horas estábamos cansados de la lluvia y de las cartas, y la mejor idea que tuvimos fue cocinar. Necesitábamos un lugar bajo techo, pero el camping no tenía un lugar para hacerlo, así que salimos a buscar. A las pocas cuadras lo encontramos. La escena fue algo así: cuatro personas dentro de una construcción, sentadas en el piso de tierra, rodeando una mini-fogata hecha con pedazos de madera, con los pies descalzos para secar las zapatillas mojadas de tanta lluvia, cocinando algo para comer y pasar el rato. La situación era una mezcla entre ridícula, bizarra y divertida. Alguno se lo tomó mejor, otro no tanto. El sentimiento de “día perdido” daba vueltas por las cabezas, mientras el repicar constante de la lluvia afuera lo hacía notar a cada golpe, y las risas trataban de paliar el sentimiento de un día que se nos escurría entre los dedos y se diluía por la lluvia.

 
Preferíamos un cielo ASÍ de nublado…
…aunque así hubiese sido mejor =)
Aunque al día siguiente salió el sol y pudimos salir a recorrer, los días previos nos mostraron algo: a ser flexibles, aceptar lo que no podemos cambiar y adaptarse a las circunstancias. Por eso siempre digo que uno en los viajes crece muchísimo. Los viajes son una extrapolación de la vida misma, es como condensar todo en un lapso de tiempo determinado, se vive intensamente, te hace enfrentarte a situaciones (y a uno mismo) que te ponen a prueba y en las que uno tiene menos tiempo para ponerse a decidir, te hacen adaptarte a las circunstancias que se dan. Probablemente, en un viaje corto se nota menos, o uno le da menos importancia porque en poco tiempo vuelve a su rutina y su vida normal. Pero en los viajes largos, hay situaciones que nos desconforman, hay que adaptarse a una cultura nueva, a otro idioma, a otras costumbres, a valernos por nosotros mismos.
La “cascada”
Fósiles
Alternativa a la Laguna Llancanelo, que estaba demasiado retirada para llegar

Cuando uno viaja también tiene días grises (por el clima o por el propio ánimo), días tristes, días en que las  cosas no salen como quisiéramos. Pero a veces los planes cambian, hay que aferrarse más fuerte que nunca al lema “100% adaptación” y ponerle buena cara al mal tiempo. Mientras tanto, se puede aprovechar para intercambiar historias con los otros chicos del camping. O meterse en la carpa a leer. O compartir unos mates y tortitas caseras.

Total, después de la tormenta, siempre sale el sol. Y al día siguiente, se retoman los planes, y encima, cargando una anécdota para contar a la vuelta.

 
 
Aunque esté feo, nublado, gris…
el día siempre puede terminar bien 

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.