Casa alemana puerto puyuhuapi

DIARIO AUSTRAL (IV): HOGARES ADOPTIVOS

Para llegar a Puyuahi viajamos mucho. Bastante. Cuando llegamos en el ferry a Caleta Gonzalo, recorrimos dos senderos, el de Las Cascadas y el de Los Alerces, y seguimos camino a Chaitén, aquel pueblo que en 2008 fue arrasado cuando el volcán del mismo nombre estalló y cubrió varias ciudades y pueblos y bosques y aeropuertos y ríos y montañas de ceniza. El pueblito se trasladó unos km al norte, y es tan gris, vacío y deprimente, que pareciera que ahí cayeron las cenizas del volcán. Llegamos a la hora de la cena, con una llovizna constante, y no parecía haber ni un lugar abierto donde comer o dormir. Cargamos nafta, dimos una vueltas, y paramos en el único restaurante que parecía abierto (en otro ya nos habían dicho que estaban cerrados y que no sabían de otro lado). Después de la cena, nos fuimos a dormir adentro del auto. Calentitos, abrigados, oyendo el repicar de la lluvia.

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Camino a Puerto Puyuhuapi.

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Hoy nos levantamos, pasamos por el súper y seguimos camino. Pensar que anoche, cuando cargábamos nafta, el chico nos  decía que noooo, está maaalo, esta feeeo el camino, no se puede seguir así (y yo lo miraba con ganas de shhhh, basta por favor! En esa zona llueve siempre, por lo que si fuera como decía el chico, la gente estaría incomunicada casi siempre). EL día se fue despejando, y al mediodía, estábamos al lado de la ruta, en mangas cortas, preparando nuestros fideos de cada día y haciendo una siestita al sol.

A media tarde llegamos a Puerto Puyuhuapi, un pueblito que fundado por alemanes en la década del 30, y cuyos familiares tenían hosterías. Entré a un súper a preguntar sobre el P.N. Queulat, y si sabían de algun alojamiento que aceptacen tarjeta de crédito. Nos mandaron a la Hostería Alemana, y allá fuimos. Cuando llegamos, nos atendió una señora, que evidentemente por el acento no era chilena. No aceptaba tarjeta de crédito, pero el lugar era tan cálido, tan hogareño, tan casa, que nos quedamos. De todas formas, en esta época tampoco hay muchas opciones para elegir. La señora se llama Úrsula, y resultó ser la esposa (o viuda en realidad) de uno de esos alemanes que hacía ya muchos años, habían venido a estas tierras. Nos contó que eran cuatro jóvenes, que el papá de uno de ellos los había financiado, que el Estado chileno daba tierras gratis a quienes la trabajaran, que al principio se dedicaban a la agricultura, la la ganadería y la pesca, que ellos habían traído gente de Chiloé para que trabajen ahí. Nos contó que hacía 60 años que vivía en Puyuhuapi (lo cual quiere decir que tiene, mínimo 80 años), que tuvo tres hijos, que uno de ellos es el de la Hostería y cafetería Roosbach que está al lado (Rossbach era el nombre del pueblo de los fundadores, ahora llamado Hranice), que cuando sus hijos se fueron, empezó a aparecer gente pidiendo alojamiento, y así decidió convertir su casa en una hostería, que en los comienzos se instaló una fábrica de telas y alfombras que todavía hoy funciona. Nos llevó a recorrer la casa y nos mostró las ampliaciones y cambios que estaba haciendo. También nos contó que son los israelitas los primeros en llegar al sur cada año, en octubre, y que la primavera es la mejor época porque está todo florecido. También nos dijo que lamentablemente los chilenos no valoran todo lo que tienen ahí, que para ellos en la Patagonia no hay nada.

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La casa de uno de los hijos de la señora donde paramos.

Nos pide perdón “por el olor, es que estoy tostando harina para hacer pan”, nos dice que va a poner leña en la estufa de nuestra habitación, y nosotros nos vamos a dar una vuelta. Caminamos, entramos a la fábrica de alfombras, sacamos fotos, subimos un cerro, jugamos con un perro. El sol baja rápido, y con él, la temperatura también. Volvemos a la hostería, y nos quedamos un rato en el living, disfrutando el lugar después de haber hecho tantas horas en ripio, de haber dormido dos noches arriba del auto, sintiéndonos casi en casa. Sillones, ventanales alrededor, libros por aquí y por allá, una estufa a leña, una tele, mi papá y yo. Él se va a bañar, y a acostar un rato. Yo me quedo navegando en Internet, leyendo un poco, escribiendo otro tanto. Casi como en casa.

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Acá podés ver el resto de los post de este viaje:

Diario Austral (IV): Hogares adoptivos

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.