atardecer en farellones

AQUÍ Y AHORA

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Es verano, pero afuera está fresco. Son las ocho de la tarde y la temperatura empieza a bajar. Ya hay que ponerse un polar, una camperita. Está terminando enero, pero en Farellones, un pueblito de montaña de 130 habitantes a una hora de Santiago hacia el este (justamente en la pre Cordillera de los Andes) el clima es muy distinto al que hace abajo, en plena ciudad. El sol empieza a caer, lento, acercándose más y más al horizonte. Allá, a lo lejos, está Santiago, en ese triángulo que se forma entre las montañas. Todavía no se ve, encandilada por la luz del sol. De a poco, el cielo celeste va transformándose a un degradé de rosa, de amarillo y de rojo, las nubes funden todos los colores, las montañas empiezan a teñirse de un violeta surreal, y todo el paisaje alrededor queda bañado de dorado por la luz del atardecer. 

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Mientras, los chicos tocan. Unas kalimbas, una flauta, y un vasito de vidrio con una piedrita alcanzan (y sobran) para improvisar música. El ritmo va surgiendo solo, y se mezcla con el silencio de la naturaleza. Los colores inundan la vista y van mutando, cambiando, fundiéndose, se siente el aire fresco en la cara y una tranquilidad y paz que pocas veces antes había sentido. Esa sensación de acá es donde quiero estar, de no necesitar nada más, darme cuenta una vez más la felicidad que me da ver algo tan sencillo -y gigante a la vez- como es un atardecer, esas ganas de querer quedarme ahí sin que corra el tiempo, que ese atardecer y esa brisa y esa música no termine, y poder guardar una foto -o video mejor- mental de ese momento.

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Los dedos se me ponen cada vez más y más fríos, me pongo la capucha de la campera, el viento ya me da escalofríos. Lucho contra el frío y las ganas de irme a mi nueva casa temporaria a tomar algo calentito, y me quedo ahí un rato más, contemplando uno de los mejores atardeceres que alguna vez vi.

Nadie quiere ser el primero en decirlo, pero casi todos estamos tiritando. Ya son más de las nueve, el sol desapareció hace rato, y Santiago se ve cada vez más brilloso, más iluminado, más grande. Hace frío, y todos estamos con ganas de tomar algo calentito. Y también, de seguir disfrutando este aquí y ahora.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.