DIARIO DE BICICLETAS - Parte II

DIARIO DE BICICLETAS – Parte II

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Día 3 – Factor lluvia
Aunque el fuego se había apagado durante la noche, cada uno seguía calentito adentro de su sacos. Nos levantamos, hicimos un poco de pereza como es de costumbre leyendo un rato y cruzando palabras de vez en cuando, con un poco de té, chocolate y escuchando llover afuera, hasta que más tarde decidimos desayunar. Empezamos a armar las alforjas con la idea de que a las 3pm teníamos que estar en Puerto Fuy para tomar el ferry. Esta vez no había carpa que desarmar, pero igual toda la puesta a punto nos lleva tiempo. Guardar las cosas, volver a armar las alforjas, acomodar todo en la bici, cubrirlas bien… nos lleva más de una hora, y veíamos cómo la hora avanzaba y nosotros seguíamos todavía alistando todo. 
 
 
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Fotos rápidas en el camino

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Llegamos a Puerto Fuy a las corridas, prácticamente sin parar en el camino; era la primera vez que sí o sí necesitábamos estar en un lugar específico y con horario. Necesitamos tomar ese ferry para cruzar el lago y así después poder cruzar a Argentina y yo renovar mi visa que vencía en días. José llegó unos minutos antes que yo (como de costumbre) y cuando yo llego lo veo ahí parado mirándome cuasi sonriendo, pero no veo ningún ferry en el lago. No sabía qué pensar. “¿Ya se fue el ferry? le pregunto. “Sí, a la 1” me dice. Resulta que salía todos los días a las 13hs, no a las 3. Pequeña confusión. Todo el apurón, el apenas parar a sacar fotos, el no haber entrado al Hotel Nothofagus (los chilenos seguro lo conocen más como Baobab) fueron inútiles. Que pena no haber sabido que el horario era otro para haber salido más temprano para llegar a tiempo a tomar el ferry, o bien no apurarnos y disfrutar el camino. Desde el día anterior estábamos en plena Reserva de Huilo Huilo (los Saltos del Puma son parte por ejemplo), pero en este tramo apenas habíamos podido parar. Esta reserva son casi 100 hectáreas de bosque nativo, que se convirtió en el segundo destino turístico de Chile después de Torres del Paine, y que ha ganado el premio al mejor destino de turismo sustentable del mundo debido a la conservación de las comunidades y de la vida silvestre.


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El Hotel Baobab. Muchas de las fotos son de Jose porque yo iba más lento o no me animaba mucho a sacar mi cámara por la lluvia.
[Foto: José Rodríguez]
 
Nos pusimos a buscar un lugar donde acampar al lado del lago. El lugar era precioso por donde se lo mirase. Me siento y me sentía muy repetitiva diciendo siempre lo mismo, pero desde que empezó el viaje siento que la belleza del lugar es algo que me invade por dentro, que realmente me llena cada recoveco y se exterioriza en una sonrisa de oreja a oreja que apenas cabe en mi cara, y unos ojos brillantes de felicidad, emoción y plenitud. Como describir la magia del lugar, el olor por momentos a aire fresco, por momentos a lluvia, por momentos  estufa a leña, el cielo gris contrastando con el verde los árboles y el azul del lago, las nubes blanquecinas cubriendo las cumbres de las montañas, las casitas de madera, un muelle azul con botes de colores, unas vacas pastando por allá, pájaros volando por acá, flores silvestres amarillas y lilas asomando entre los yuyos. Una postal perfecta, una tarde lluviosa de invierno ideal para tirarse a leer con una taza de chocolate caliente al lado de una estufa mientras uno ve y escucha llover afuera.
 
Cuando volvimos a buscar las bicis, Jose me dice “Nati, vamos 48hs de viaje y siento que hace una semana que estamos viajando”. Tal cual. Ahí caí que hacía apenas dos días que estabamos en viaje pero la desconexión que sentíamos era total. El estar tan rodeados de naturaleza, apenas cruzando gente y pasando por pueblos chiquitos, acampando en medio de la nada, prácticamente sin Internet (la parte buena de los smart phones es que por lo menos les podía mandar señales de humo a mis papás) hace que la desconexión con la ciudad, el trabajo y todo lo que quedó en Santiago sea mucho más rápida y marcada que en otros tipos de viajes.

 
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El lago Pirihueico, al lado de donde acampamos.
Recorrimos un poco la playa y encontramos un lugar un poco al reparo de lluvia y no tan pegado al pueblo, con vista hacia la casita del lago en la que hubiese sido ideal parar =p La lluvia nunca paró, al contrario, y ya cuando volvimos con las bicis llovía bien bien fuerte, nosotros estábamos empapados, y nuestras bicis y alforjas también… hasta nuestras chaquetas impermeables no eran más impermeables. Fue algo así como “1,2,3, zaaz, armar la carpa!!”, “1,2,3, techo de la carpaaaa!”, “1,2,3, abrí el cierre de la carpa, alforja adentro!!” a toda velocidad para que el interior de nuestro hogar del día no quede tan inundado. Almorzamos (ya eran las 4pm, fue LA comida del día en realidad) preparando todo desde dentro, y por más que teníamos todas las ganas de salir a recorrer el pueblo y el camino que habíamos pasado rápido, la lluvia constante afuera desanimaba un poco a tomar el primer paso y salir. Costaba juntar coraje y ganas de mojarse y enfriarse de nuevo para salir a haces pis, así que más costaba para salir por algo que no era vital. Un par de horas después, pasadas a puro libro y chocolate (fueron los mejores compañeros del viaje), todavía seguíamos sintiendo agua dentro de la carpa, así que redoblamos refuerzos y cubrimos el interior con bolsas de basura para evitar que se nos siga mojando lo (poco) que teníamos seco. Siguieron pasando las horas y ya nos veíamos que no íbamos a salir de la carpa, así que el bello paisaje que elegimos cuidadosamente sólo lo vimos por el cierre de la carpa cuando nos asomábamos a ver cómo seguía lloviendo, para comprobar que la ola que escuchábamos (del ferry que volvía) no llegaba a nuestra carpa y cómo de a poco iba oscureciendo y las luces del pueblito se prendían. Nos dormimos a medianoche deseando que el día siguiente amaneciera mejor, sin ninguna inundación nocturna en la carpa, y por lo menos con una tregua de lluvia para poder desarmar la carpa tranquilos.


 
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Disfrutando el paisaje, buscando dónde acampar
 
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¿Ven la casa? Después nos dimos cuenta que estaba cerrada, pero qué bueno hubiese sido pasar la noche ahí!
 
Día 4 – Aduanas solitarias
Por suerte, los astros se alinearon, el clima nos escuchó y la lluvia nos dió una tregua para desacampar y sacar unas fotos, aunque del intento de fogata para secar ropa lo único que salió fue humo. Y tanto fue el relax con que nos tomamos ese amanecer de no-lluvia, que casi perdemos el ferry de nuevo. Sí, estando casi al lado, de nuevo estuvimos a las apuradas guardando todo para llegar. Hubiese sido el colmo de los colmos. Yo me había ido a preguntar al ferry si al día siguiente (que era Navidad) había servicio, Jose se quedó ordenando y sacando fotos, y cuando volví del ferry y miro la hora… faltaban 40 minutos nomás para las 13hs y todavía teníamos que ordenar todo. A las apuradas de nuevo y con el corazón en la mano, nuevamente Jose llegó antes y yo fui la última persona en subir al ferry, algo así como 2 min antes de las 13hs.
 
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Despertando.. linda vista, no?
[Foto: José Rodríguez]


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Juntando agua del lago para aprovisionarnos.
[Foto: José Rodríguez]
 
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El ferry esperando…
 
Yo llegaba tarde y Jose aprovechaba de sacar fotos..
[Foto: José Rodríguez]
 
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Les dije, la última en subir…
[Foto: José Rodríguez]
 
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Jose y ls ovejas… si por nuestros lares se transportan vacas, acá las ovejas son moneda corriente
 
El interior del ferry fue lo mejor que nos pasó ese día. Apenas entramos a la cabina de pasajeros, veo una estufa, y ni 2 minutos después ya estaban nuestros calcetines secándose ahí, las chaquetas colgando de las perchas que estaban arriba, las zapatillas abajo y yo enfrente calentándome un poco y tratando de secar la ropa que llevaba puesta, mientras uno de los señores que trabajaba ahí nos contaba que ellos viven en el ferry 15 días y después tienen 15 días de vacaciones (de haberlo sabido, repetíamos la noche de los bomberos acá!), que están por hacer un complejo aduanero en la frontera así que ese ferry lo iban a cambiar por uno más moderno y nos llenaba nuestro termo con agua caliente.
 
 
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Jose hablando con el señor simpático del ferry
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Y como ya varias veces lo había pensando, de vuelta me invadió ese pensamiento: ,o que me encanta de los viajes es la capacidad para sorprenderte que tienen, esa cosa de unicidad inacabable. Nunca dos viajes van a ser iguales, por más que que uno trate y viaje con las mismas personas, o al mismo lugar, o haga el mismo recorrido. Todos y cada uno de los viajes son únicos, y esa es una de las partes más hermosas de viajar. Cada uno se hace su propia experiencia, única e irrepetible, y todas llenan el alma, te hacen crecer, aprender y ver el mundo con otros ojos. Yo creo que hay tantos viajes como personas, gustos y ganas, y que cada uno puede amoldar y reinventar el viajar cada día y cada vez que quiera. Por ejemplo, la primera vez que me fui de mochilera y de camping, hace ya 5 años, hubiese sido impensable para mi 2 años antes de eso. Y este viaje en bici, nunca se me hubiese cruzado por la cabeza hacerlo hace 1 año atrás. Y el otro lado de la moneda, es la capacidad propia de seguir sorprendiéndose, de maravillarse, de encontrar algo especial en cada nuevo lugar, y de buscar nuevas formas de conocer, de llegar, de ir, de avanzar y de moverse (física y emocionalmente) en cada nuevo viaje.
 
A la aduana chilena llegamos con los carabineros (la policía chilena) ya que queríamos ver si conseguíamos alguien que nos lleve después de vuelta a tomar nuevamente el ferry y así poder ese mismo día empezar a pedalear de regreso. Esta aduana era bien diferente a la que estoy acostumbrada a cruzar para ir a Santiago, en medio de los Andes y sobretodo, con muchísima menos gente, por lo que el trámite fue muy rápido. Después de pedalear 3km, llegamos a la aduana argentina (están separadas, y esto es lo que nos contaba el señor del ferry que iba a cambiar cuando terminen el complejo aduanero y todo quede en un solo edificio), que reflejaba desolación total y apenas dos personas adentro trabajando.
 
 
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¡Entrando a Argentina! Todavía quedaban 2km hasta la aduana
 
Como después de la aduana, no hay nada ningún poblado en los próximos 50km que es donde está San Martín de los Andes (sólo algunos camping, casitas perdidas y una hostería), después de pedalear un rato sin rumbo, volvimos a la hostería que estaba a 1km de la aduana por un chocolate caliente y algo dulce para comer y recuperar el calor perdido por la lluvia constante. Aunque decía que estaba abierta, parecía que no había nadie, y el chico que nos recibió nos dijo que podía prepararnos un chocolate caliente y pan casero con mermelada. Que placer disfrutar algo caliente viendo afuera la lluvia caer en el lago, las montañas enfrente, las nubes casi rozando el agua…
 
 
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Nuestra habitación. Parece más cálida y linda de lo que era en realidad =p
[Foto: José Rodríguez]
 
Esa Nochebuena fue bien especial, era muy raro saber que estaba en Argentina, en pleno verano, pero estar al lado de un chimenea como si fuese invierno, afuera lloviendo, con un amigo y una pareja que paró a cenar en la hostería donde nos habían dado un cuartito para que pasáramos la noche. Hace rato, cuando decidí quedarme en Chile por unos meses más, había dicho que quería pasar una Navidad diferente, sin nada muy vinculado a la Navidad de hecho ya que no soy Católica entonces para mi esta fiesta no tiene mucho sentido, es simplemente una reunión familiar más (con más gente, más comida y más preocupación por la ropa, qué comemos, dónde nos juntamos, qué hacemos y si hacemos regalos o no)  y el Año Nuevo en Valparaíso. La idea original era ir a la montaña a acampar, pero el cambio de planes fue incluso mejor. Una Navidad no-Navidad, totalmente diferente e inesperada, haciendo lo que más me gusta que es viajar y compartir con otras personas, en medio de la nada y pasánsola como siempre lo sentí, un día más (sí, lo se, le saqué toda la magia)
 
Día 5 – 2 días en 2 horas
Lo que bueno de viajar en bici es que todos los días son una sorpresa. Si bien teníamos una ruta aproximada del recorrido, una idea de la vuelta que queríamos dar y los lugares por donde queríamos pasar, nunca sabíamos qué íbamos a ver, dónde íbamos a parar, qué íbamos a hacer, dónde íbamos a comer o dormir… Nosotros simplemente nos subimos a las bicis y pedaleamos, disfrutando lo que nos rodea y vamos parando según el paisaje, el clima, las ganas de comer o de sacar fotos, y esa flexibilidad y lentitud en el viajar, siento que me hace absorber por 1000 la esencia del lugar.
 
 
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En el muelle de la hostería, en el lago Nahuel Huapi
[Foto: José Rodríguez]
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Y allá, la hostería donde paramos (no precisamente como huéspedes)
 
Teníamos nuestros pasajes de vuelta desde Panguipulli a Santiago ese día, martes 25, a las 20hs, y nuestro objetivo era llegar desde la hostería en Argentina a Panguipulli, cruzando las dos aduanas y tomando el ferry a las 4 de la tarde y conseguir unir, en 2 horas, Puerto Fuy (donde nos dejaba el ferry) con Panguipulli, el camino de más de 70 km que habíamos pedaleado durante nuestros dos primeros días. Obviamente, hacerlo en bici estaba descartando por el tiempo, nos habían dicho que no había buses en la tarde, y las posibilidades de conseguir alguien haciendo dedo que nos llevara se reducían tanto por la fecha como por el bulto de nuestras bicis.
 
 
Llegando a tomar el ferry
Ese martes amaneció lloviznando (según yo, cayó nevisca en algún momento), pero poco a poco el cielo fue abriéndose, y aunque mientras desayunamos todavía llovía, cuando llegamos a la aduana chilena ya estaba despejándose de a poco. Nuestro almuerzo en el puerto transcurrió mirando con esperanza todo vehículo que se acercara para ver si tenía espacio para las bicis y para nosotros, porque algunos autos tenían parrilla arriba pero eran 4 personas ya adentro. Finalmente, vemos subir un auto espacioso, grande (no me pregunten marca ni modelo, el fuerte en los autos es mi hermano) con una sola persona adentro Ya empezamos a mirarlo con cariño como posible oportunidad =) Adentro del ferry estábamos igualmente buscando otras opciones, desde preguntar por buses hasta pagar un tipo flete que nos llevara a nuestro destino. Un rato antes de llegar a Puerto Fuy, bajo a sacar una fotos y lo veo al señor adentro, así que me acerco con mi mejor sonrisa, cara de nena buena e inocente para preguntarle a dónde iba, si pasaba por Panguipulli y, finalmente, si podía llevarme a mi, a otra persona más.. y a dos bicis. Todas desarmadas, como promesa. Me dijo que sí enseguida así que entré feliz a decirle a Jose que teníamos transporte asegurado y volví a bajar para empezar a desarmar lo que podía.
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¡Nuestro ferry! Por una vez, llegamos más que con tiempo
 
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Dentro del ferry [Foto: José Rodríguez]
 
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[Foto: José Rodríguez]
 
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Si, seguía lloviendo de vez en cuando
 
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Haciendo kayak
Después de 20 minutos desarmando las bicis (tuvimos que sacarle no sólo ruedas y alforjas como para el bus, sino parrilla, asiento y manubrio), 1 hora de viaje en auto, y 45 min para rearmar las bicis (punto de aprendizaje: llevar una herramienta por persona) nos cruzamos a un quiosco a comprar algo para reconfortar el alma y preguntar dónde quedaba el terminal de buses. Cuando llegamos, a las apuradas (nuestro bus era a las 20hs y faltaban 5 minutos nomás), estando a punto de subir las bicis y pagas el sobrepeso por ellas, me doy cuenta que estábamos en el terminal equivocado. ¿Cómo que no es este? ¿¡Cómo que el bus de Tur Bus de las 20hs sale de otro terminal!? ¿¡Dónde está el otro!? Eran sólo dos cuadras, pero salimos disparados y rogándole a la chica que nos atendió que llame para que el bus nos espere, aunque ella nos decía que se iba a ir sin nosotros. No podía creer que una ciudad de poco más de 30.000 habitantes tuviese más de un terminal, pero sí. A las corridas nos pusimos a desarmar las bicis y arriba del bus, el viaje estaba llegando a su fin, esta noche iba a pasar entre libros y chocolates pero moviéndonos, ya de vuelta a Santiago, y con una auto.promesa y muchas ganas de un próximo viaje largo en bici.
 
 
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Así nos quedaron las bicis después del viaje =p

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.