DIARIO DE BICICLETAS - Parte I

DIARIO DE BICICLETAS – Parte I

Lo importante no es el fin del camino, 
sino el camino.
Quien viaja demasiado aprisa
se pierde la esencia del viaje”
 
-Louis L’Amour
 

Con Jose, uno de los chicos con los que estoy viviendo y uno de mis más amigos en Chile, habíamos estado hablando para el 18 de septiembre -cuando son fiestas patrias en Chile y que justo este año por caer miércoles daba un feriado bien largo- aprovechar para hacer un viaje por el sur de Chile en bici. Mientras yo estaba en Cuba, el viaje se empezó a disolver porque Jose ya no podía ir. Resumidas cuentas: terminamos él viajando en Perú, y yo visitando mi familia y amigos en Argentina.

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En Valle del Elqui [Foto: Jose Maria Urabayen]
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Yendo a ver Cirque du Soleel 

[Foto: José Rodríguez]

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A Valparaíso en bici, para Lo Vasquez 

[Foto: José Rodríguez]

 

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Una parada de descanso camino a Valparaíso 

[Foto: José Rodríguez]

Sin embargo, el bichito del viaje en bici estaba ahí. Había un viaje pendiente. Y encima los últimos meses yo empecé a usar mucho la bici moverme a todos lados, empecé a organizar cicletadas, subí algún que otro cerro, estaba entusiasmada con hacer Lo Vásquez (una peregrinación que se hace hasta una iglesia cerca de Valparaíso por el Día de la Virgen del 8 de diciembre), hasta que un día yendo de trekking se nos prendió la luz: de aprovechar el fin de semana de Navidad para ir de viaje en bici. El entusiasmo iba en aumento.

Día 0 – A las corridas al terminal

No sé todavía qué tiene que pasar para que cambie, o cómo empezar a hacerme el hábito. Siempre termino haciendo todo a último momento, a las apuradas, nerviosa porque estoy llegando tarde, irremediablemente dándome cuenta que me estoy olvidando algo. En este caso, desde cosas que por más que las quería tener no son sumamente imprescindibles (el soporte del trípode para la cámara), cosas que se pueden comprar en otros lados (comida, sal), hasta algo prácticamente esencial: el casco. Pensé que después de haber perdido el avión de vuelta de Cuba iba a aprender… se ve que no fue suficiente.

Llegamos más que justo a tiempo al terminal, si volvíamos a buscar los cascos -aunque era sólo volver 2 cuadras- no llegábamos. Por suerte Jose pedalea más rápido y llegó al terminal antes que yo, porque además todavía teníamos que desarmar las bicis para meterlas en el maletero. Aiaiaii… al final, el bus salió sólo 10 minutos demorados (por culpa nuestra, obvio).

Y dijimos, si nos va a agarrar el fin del mundo, que sea viajando. Y a dormir, a ver qué nos esperaba al día siguiente.

Día 1 – Entre bosques, lagos y chimeneas

Apenas nos bajamos del bus en el terminal de Temuco sentí que me había teletransportado, sobretodo, porque viajamos de noche y no vi absolutamente nada del intermedio. Pasamos del calor (aunque esos últimos días no había hecho calor precisamente en Santiago) al fresco del sur. Aunque soy medio maricona con el frío y el viento, tampoco lo sufro en exceso, pero enseguida me puse guantes, polar y polainas. Cuando entramos al terminal, de repente me vino el recuerdo de mi primera (y única hasta ahora) Navidad en invierno, cuando estuve en Austria. Todo el interior estaba decorado por Navidad, y la combinación de guirnaldas de muérdago con moños rojos y lucecitas adentro, y el frío, las casas de madera y el bosque de pinos fuera era el recuerdo perfecto de esa Navidad hace ya 2 años.

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En el terminal de Temuco

Así que de nuevo, a armar las bicis, ponerle las alforjas, y al otro terminal… para 10 minutos después volver a desarmarlas y meterlas en el bus que 2hs y media después nos iba a dejar en Panguipulli, el inicio de nuestro viaje cicleteando. Queriendo desarmar la bici, me di cuenta de un pequeño detalle: no sabía sacarle las ruedas. Algo tan básico para un viaje así, y yo nunca me había preocupado de conocer un poco mi bici, hacerle un chequeo para ver que esté todo bien… ya alguna vez dije que muchas veces siento que es incompatible mi amor por los viajes y mi falta de organización y previsión. Mientras lo miraba a Jose desarmando su bici y esperado para que me ayude (y me enseñe), un señor que estaba al lado nuestro, evidentemente habiendo escuchado mi comentario de que lo iba a esperar para que me ayude, empezó a sacar las ruedas de mi bici y mostrarme cómo se hacía.

El viaje a Panguipulli fue una lucha entre querer estar despierta para ver el paisaje, y mi sueño que me mataba. Cuando Jose me despierta avisándome que habíamos llegado, abro los ojos y veo por la ventana una calle con casitas todas en techo a dos aguas, arbolitos… y de fondo, el lago y las montañas. Que perfecta introducción para lo que se venía. Apenas nos bajamos, armamos las bicis y fuimos derecho al lago. El lema “qué hermoso es esto” no podíamos dejar de repetirlo: un pueblito con casas de madera, paredes de colores, chimeneas humeantes, bosques de pino, un lago azul reflejando las nubes, cerros verdes, casas a la orilla del lago, un volcán nevado de fondo. Y todo un pueblo poniéndose a punto para el verano y los turistas.
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Panguipulli 
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Acomodando bicis, al lado del lago que después tendríamos al lado durante gran parte del camino. 
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Naturaleza (L)

Después de almorzar a la orilla del lago y tomarnos un rato para descansar, empezamos a pedalear. Curvas, subidas, bajadas, árboles, verde por acá, verde por allá, el aire fresco y puro alrededor, el olor a bosque, la llovizna en la cara de tanto en tanto… Veíamos los (pocos) autos pasar al lado nuestro sin sentir envidia en absoluto, sino todo lo contrario. Estábamos felices, podíamos aprovechar, sentir y disfrutar el lugar al 100% y con los cinco sentidos, aprovechando y disfrutando cada pedacito del recorrido, mirando embelesados todo a nuestro alrededor, parando cada vez que quisiéramos y en cualquier lado, ya sea para sacar fotos, tomar agua, sacarnos o ponernos abrigo, comer algo. Todo el lugar estaba ahí esperando por nosotros.

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Me encantaron
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Exactamente al otro lado del lago era donde teníamos que llegar
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Vacas, volcán, campos verdes… y además, todo lo que en una foto no se puede ver


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Uno de los tantos puentes que nos cruzamos en el camino
Y de los tantos ríos

Y de repente, tuve esa sensación de haberme dado cuenta de algo, de despertarme de un sueño y entender el por qué de las cosas. Hace mucho que digo que quiero vivir frente al mar. Una casita mirando las olas, poder bajar a la playa, mojar los pies en el agua cuando quiera, en cualquier época del año… y ahora, me di cuenta que estaba equivocada. Yo lo que siempre quise fue una casa frente al agua, pero no precisamente frente al mar. Me di cuenta que algún día quiero vivir frente a un lago, rodeada de bosques, de montañas, poder bajar a la playa del lago, salir a caminar entre los árboles, hacer trekking y camping por las montañas, nadar en el lago en el verano y verlo desde la ventana de mi casa al lado de una chimenea en invierno… De repente, me vi a mí misma en varios años en el lugar que menos me hubiese imaginado.

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La casita iría justo allá en ese verde, rodeada de puro lago y montañas
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Poder bajar a una playa así cada vez que quiera

Esa noche acampamos al lado del lago, en una playita que encontramos  en el camino. Eran las 8pm y encontramos un lugar precioso, pero como todavía podíamos aprovechar a pedalear un rato más, seguimos avanzando confiando en que íbamos a encontrar otra bajada bien linda. A la hora dimos en el blanco: playa, lago, un bote en la orilla, arrayanes sacados de un bosque de elfos, espacio para nuestra carpa. Acampamos, cenamos, intentamos hacer una fogata y a nos metimos en la carpa a leer. Nuestro primer día había superado nuestras expectativas. Y con creces.

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La playa donde acampamos, un poquito más allá

 

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Nuestra primer noche de camping, al lado del lago

Día 2 – Lluvia, ripio y bomberos

Aunque la idea del primer día era llegar a Choshuenco, a 55 km de Panguipulli, nos empezamos a dar cuenta que por nuestro ritmo, las subidas y bajadas de la ruta y lo que estábamos disfrutando, era mejor no atarnos tanto a un destino sino aprovechar el camino y seguir en el “ir-viendo-que-onda-en-el-camino”. Cosa que tampoco nos molestaba =) Cambiamos de rumbo y en vez de ir a Choshuenco empezamos a pedalear hacia Neltume.

 
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Esa cosita ahí soy yo pedaleando 
[Foto: José Rodríguez]
 
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¿Ven al señor pescando ahí abajo?
 
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En una de las tantas paradas a sacar fotos, el volcán Choshuenco en el fondo 
[Foto: José Rodríguez]

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Como ya habíamos visto en el pronóstico, empezó a llover 
[Foto: José Rodríguez]

Después de hacer varios kilómetros, llegó lo que nos esperábamos: el camino de tierra. Pozos por todos lados, pero por suerte bastante asentado, cambiamos el paisaje de carretera de asfalto, camionetas que transportaban ovejas, lagos y bosques, por ripio, granjas, poblados y ríos. Cuando nos sentamos a almorzar, en una parada de buses ya que desde que nos despertamos estaba lloviznando de forma intermitente, ya nos reíamos de nosotros mismos. Sobretodo yo, que por haber armado tan a las apuradas las alforjas dejé la mitad de la comida en la casa porque creía que no tenía espacio, y ahora me daba cuenta que podría haber traído tranquilamente todo eso e incluso más. Nos causaban gracia ya darnos cuenta las cosas que nos fuimos olvidando. Confundidos trajimos sólo un paquete de pastas y empezado, nos quedamos sin avena el primer día, del chocolate ni hablar… por suerte nuestra próxima parada era un pueblito donde podíamos re-abastecernos.

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Pasamos del asfalto…

[Foto: José Rodríguez]

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…al camino de tierra. 

[Foto: José Rodríguez]

Seguimos pedaleando rumbo a Neltume bajo la lluvia, a donde nos quedaban menos de 10km. En la camino nos cruzamos un entrada hacia algún lugar que decía “Saltos del Puma”, a donde no dudamos en entrar. Cruzamos la boletería -donde no había nadie, y de hecho parecía que todavía estaban terminando de preparar todo- empezamos a andar sin saber cuán lejos quedaba lo que imaginábamos eran cascadas. Después de algo así como 10-15 minutos pedaleando, paramos y Jose me dice “¿Seguimos? Pedaleemos un poco más y sino volvemos”. El punto era cuánto significaba “un poco más”. A los 5 minutos llegamos a lo que evidentemente era la zona de estacionamiento, y un cartel con una flecha que señalaba un camino a la izquierda. Emocionados empezamos a caminar… simplemente increíble. Entre los árboles y plantas aparecía un río que se transformaba enfrente de uno en una cascada hermosa, fuertísima, con mucha bruma, pasarelas enfrente, cascadas chiquititas brotando de la montaña, las hojas frente a la cascada agitándose por la fuerza de la cascada.

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Previo a los saltos..
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La cascada nos esperaba
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El Salto del Puma
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Completamente mojada por la lluvia, pero feliiiz

[Foto: José Rodríguez]

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Entre el frío, la lluvia y el rocío de la cascada, apenas podía asomar la cara 

[Foto: José Rodríguez]

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Volviendo de los saltos, camino arriba en barro y rocas 

[Foto: José Rodríguez]

 

Viene recargado con video el post =)
Esos que alguna vez dijieron “lo importante no es llegar, sino el camino recorrido” o alguna frase parecida, desde Louis L’Amour y Constantino Cavafis hasta Fito Paez y quien sabe cuántos más, me gustaría saber en base a qué llegó a esa conclusión. Cada vez estábamos más convencidos y menos preocupados de no fijarnos una meta con mucha presión, ya ni nos importaba dónde llegáramos, sino disfrutar cada centímetro hecho.
Antes de las 8 llegamos a Neltume y como llovía demasiado, teníamos más y más ganas de dormir  en una casa con una estufa a leña y poder secarnos un poco, nosotros mismos y nuestra ropa. Yo estaba decidida a golpear puertas hasta obtener un sí de respuesta, alguien tenía que apiadarse de nosotros =p El resultado: dormimos con los bomberos. Mejor dicho, en una sala en un cuartel de bomberos, al lado de una estufa a leña, con sándwiches calentados a las brasas como cena, calentador de agua (no se imaginan que reconfortante es tomarse un té caliente y además poder ahorrar gas para hervir el agua). Mortal. Aprovechamos a colgar todo cerca del fuego, desde chaquetas y pantalones hasta medias y zapatillas, ya que no sólo teníamos mojado lo que llevábamos puesto sino que hasta las alforjas se habían mojado por más que estaban tapadas. 
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Llegando a Neltume 
[Foto: José Rodríguez]
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Preparando la chimenea donde los bomberos
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Fuego, nuestros sandwiches y las zapatillas
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A punto de dejar el cuartel de bomberos

Sólo nos quedaba comer, descansar e irnos a dormir esperando que al día siguiente, nuestra ropa esté seca y lloviese menos.


Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.