RECUERDOS EN LA PIEL

RECUERDOS EN LA PIEL

Habíamos quedado en que salíamos a las 8am desde Escuela Militar, una estación de metro en el sector oriente de Santiago. En total éramos nueve personas, siete nacionalidades: dos argentinos (Juani y yo), dos chilenos (José y Felipe), un ecuatoriano (Nacho), un venezolano (Leo), una francesa (Manu), una colombiana (Julie) y un español (Amadeu). Apenas nos encontramos, re-acomodamos pasajeros y mochilas y salimos. El taco -como llaman en Chile al tráfico- era más intenso de lo que esperábamos para ser un sábado a las 9 de la mañana.
 
Después de poco más de 2hs y de haber cruzado Santiago, tomar un retorno porque nos habíamos pasado, parar en San José del Maipo (el pueblito que está antes de Cajón del Maipo) para cargar combustible, zigzaguear el camino de montaña, hacer una parada técnica, llenar el auto de tierra al cruzar otros vehículos, aflojarle las amortiguaciones y todo lo que era posible aflojarle a un auto que pasa bache tras bache en un un camino de ripio, llegamos a Choribulder, un lugar muy conocido para hacer escalada en paredes de piedra.
 
Ese era nuestro lugar para dejar el auto, repartir la comida y empezar a caminar. Todos mirábamos sorprendidos a Felipe, que si bien era el más experimentado en la montaña, tenia una mochila que pesaba, de sólo mirarla, casi 20kg. Era alta, compacta, y por los costados le colgaban cuerdas, Crocs, una pala. Las llevo por las dudas, nos dijo él.
 
Empezando el trekking al Glaciar El Morado.

Empezando el trekking al Glaciar El Morado.

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Comenzando el trekking.

Como no me llevé la cámara porque no tenía batería, tengo muuuchas fotos conmigo adentro =)

Como no me llevé la cámara porque no tenía batería, tengo muuuchas fotos conmigo adentro =)

Entrando en la nieve

Entrando en la nieve

Había un sol increíble, el cielo estaba totalmente despejado, y la temperatura era perfecta. El grupo no era exageradamente grande, pero poco a poco, la charla, las diferentes velocidades, las paradas para sacar fotos/descansar/comer algo/tomar agua fueron dividiendo al grupo, primero en dos, y a medida que el valle empezó a cubrirse de nieve, al glaciar llegamos en tres tandas, más o menos con una hora de diferencia entre cada uno. A lo mejor fue sólo media hora, quien sabe, pero en esos lugares pierdo la noción del tiempo. Cuando finalmente llegué, frente a mí tenía una montaña negra, veteada por la nieve, un glaciar de miles de años brotando desde algún rincón y, abajo, un lago todavía congelado que comenzaba a agrietarse, un cerro a mi derecha, y más nieve y más cerros rodeándome. Pedazo de lugar teníamos para nosotros solos. Todo ese lugar, toda esa belleza, sólo para nosotros (o casi, porque ya más entrada la tardecita llegaron dos hombres). Una majestuosidad, y una hermosura difícil de creer y difícil de dejar de contemplar. Esos lugares que uno no puede creer que existan, ya sea por lo bellos que son, por lo exótico, por donde están ubicados. Acá, en el Glaciar El Morado, creo que era casi una combinación de todos. Esos colores, ese glaciar, ese paisaje imponente y, encima, al lado de Santiago.

 

Ya cerquita del glaciar

Vista panorámica del glaciar y las montañas

Vista panorámica del glaciar y las montañas

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Muchas personas van por el día.

Muchas personas van por el día.

Mientras algunos preparaban la comida, otros íbamos armando las carpas, tres en la tierra y dos en la nieve. Con tres de los chicos estábamos decididos a dormir sobre la nieve (ok, con la carpa sobre la nieve). Tengo que reconocer que mientras preparábamos la carpa me empezó a entrar la duda y casi arrugo -¡no quería morir de frío!- pero el orgullo fue más, y al fin y al cabo, quería probar.
 
Con Julie y Manu, por preparar el almuerzo.

Con Julie y Manu, por preparar el almuerzo.

Preparando y disfrutando las carpas.
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Nuestras carpas en la nieve.

Nuestras carpas en la nieve.

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Intentando caber nueve en una carpa para dos.

Intentando caber nueve en una carpa para dos.

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La noche llegó rápido, no tanto por la oscuridad, sino porque el mal de altura iba afectando a todos de a poco, el cansancio iba ganando lugar, el navegado (un clásico chileno: vino tinto del más barato calentado con naranjas, que se toma así calentito) se terminó rápido y las ganas de descansar apuraban.
 
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A la mañana siguiente, después de un rico y abundante desayuno, empezamos a desarmar las carpas para volver. Las vueltas, en cierto sentido, son la mejor parte porque son más fácil, vas más rápido, vas bajando, tardás menos, y podés disfrutar el paisaje por segunda vez desde otra óptica. Pero como siempre, hay excepciones. En este caso, por lo menos para mí, estuvo lejos de ser más fácil. Sí más rápido. Demasiado rápido diría yo. A los 10 minutos de salir, nos encontramos con una bajada de nieve, y los chicos empezaron a bajar haciendo culipatín digamos, algunos así nomás, y otros sentándose sobre un plástico. Yo no quería apoyarme directamente porque mi pantalón no era impermeable, y con tanta nieve me iba a helar, pero bajar con el plástico me daba miedo, así que empecé a bajar despacito caminando. Claro, todos bajaban cual tobogán, y yo pasito a pasito como una tortuga, así que para no demorarme mucho, le dije a Juani que me esperase así bajaba con él en el plástico. Apenas lo alcancé, me senté detrás de él, agarrándolo por la cintura, pegamos un envión, y empezamos a bajar. Venía muy divertido, bajando a toda velocidad, hasta que empecé a darme cuenta que estábamos girando, y en vez de estar mirando hacia delante, habíamos quedado de costado y tumbados, y ahora lo que apuntaba hacia abajo eran nuestras cabezas. Íbamos cayendo de cabeza, directo hacia las piedras que estaban al costado de donde terminaba la nieve. Mis risas pasaron casi a gritos desesperados de “Juani Juaniiiii ai ai aiiii” hasta que pum, pum puuuuum!  agarramos todas las piedras, que nos fueron frenando y nos las chocamos de lleno.
 
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Primero no sentía nada, no podía ni moverme; cuando llegaron algunos de los chicos para ayudarnos, me di cuenta que me dolía todo, que necesitaba sacarme ropa, que no podía respirar; me empezaron a revisar y me dolía muchísimo el codo izquierdo. Me pedían que me levante para sentarme y que no agarre frío, pero ni siquiera podía hablar. Me levantaron ellos, y me sentaron en una piedra; me sentía inerte, ahí sentada con la cabeza apoyada sobre Jose porque no podía sostenerme, ni moverme, ni reaccionar. Todo me daba vueltas, prácticamente -y sin exageración alguna- pensé que ahí me quedaba, que no iba a ser capaz de bajar. De a poco, me fui recomponiendo, y la primera señal de que ya estaba bien fue cuando dije “¿Saben qué es lo peor de esto? Que ahora no voy a poder hacer telas…” Risa total. Yo toda golpeada, con raspones de exhibición, y moretones eminentes, y me preocupaba por telas.
 
Me hicieron un agarre improvisado para que apoye el brazo izquierdo, que era el que tenía todo lastimado, y seguimos bajando. Seguir caminando mantenía mi cuerpo caliente y hacía que nada me duela, sólo me iba dando cuenta de otros lugares que me había golpeado. A todo esto, Juani estaba mucho menos lastimado, y por suerte nuestras mochilas habían hecho de algo así como airbags, y fueron las que se comieron todo el impacto al chocar con las piedras y frenarnos. La mía -que además era su estreno- había sufrido un cortecito en una de las mallas laterales, y un raspón arriba. Pobre, nueva y ya golpeada.
 
Después del gran susto, la bajada siguió tranquila, apoyada en un bastón de trekking ya que mitad de mi cuerpo estaba bastante machucado (en realidad, fue toda la mitad izquierda del cuerpo la que salió lastimada, desde la pierna hasta un chichón en mi cabeza, pasando por el codo y el hombro). Al rato, nos encontramos con otra bajada de nieve, ante la que mis ojos se abrieron entre el miedo, el dejavú y la ansiedad. Ya fue dije, ahora si me tiro yo sola, sin plástico ni nada. En todo caso, prefiero congelarme un rato antes que pegarme otro golpe por bajar a toda velocidad. Y fue menos de lo pensado: la calza se me mojó un poco y se enfrió bastante, pero un rato caminando y ya estaba seca.
 
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Desde el accidente mío y de Juani, el grupo quedó dividido a la mitad, y los chicos que estaban adelante, llegaban y se volvían a Santiago. Los otros, los que quedamos más atrás, veníamos diciendo que como total teníamos mucho día por delante y nadie estaba apurado en llegar temprano a Santiago, podíamos parar a almorzar a otro lugar que quedaba cerca de donde teníamos el auto, y que Felipe conocía. Así, media hora antes de llegar, desviamos y hacia allá fuimos. Cuando llegamos, quedamos todos enamorados: un valle verde, montañas, un río chico pero que hacía el suficiente ruido para relajarse, florcitas blancas esparcidas, y toda la paz y tranquilidad juntas, solo para nosotros. Muchas veces me pasa que, cuando llego a esos lugares perdidos en el medio de la montaña, sin nadie más, me siento plenamente feliz, con una sensación de estar donde quiero estar, una sensación de paz y tranquilidad que me invade por dentro, que me dan ganas de sólo tirarme a contemplar tanta paz y tan naturaleza.
 
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Almorzamos tranquilos, los fideos de rigor de la montaña -yo no se por qué en la montaña los fideos con salsa siempre son más ricos que en la ciudad-, y simplemente nos dedicamos a descansar. A disfrutar el sol, a dormir, a respirar aire puro, a escuchar el silencio de la naturaleza. A la hora, alguno se despertó, y reaccionó: se nos estaba haciendo tarde para la vuelta; más cae el sol, más frío hace, y más de noche se nos hacía para volver.
 
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Empezamos a caminar buscando dónde podíamos retomar el camino, avanzábamos y no podíamos cruzar el río, el agua estaba helada y la corriente era fuerte. En ese momento, descubrimos para qué eran todas las cosas que Felipe traía colgando de su mochila: se puso la Crocs, cruzó el río sostenido por su bastón de trekking, y desde el otro lado de la orilla nos iba tirando, uno a uno, la soga con las Crocs y el bastón atado para que podamos cruzar. El agua estaba helada, calaba hasta los huesos, y la corriente era tal que había que ir despacio para mantener el equilibrio, concentrándose en que el frío no te impidiera moverte.
 
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Una vez pasamos todos, ya estábamos cerca. Llegamos al auto después del atardecer, con la luna casi llena arriba nuestro, y 3 horas de camino por delante. A las 11 de la noche estábamos en Santiago, un poco sucios, lastimados algunos, con hambre otros, pero todos cansados y felices.
 
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Lo peor y lo mejor de todo esto: no me llevé cámara. (gracias Juani, José y Amadeu por las fotos!) Lo peor, porque siento que me falta una parte de mi ante tantas inmensidad, ante tanta cosa bella, viendo fotos todo el tiempo, y yo ahí impotente sin poder guardarlo más que en mi memoria. Lo mejor, porque de haberla tenido, con tremendo golpe que me pegué, segura ella también la ligaba. Haberme olvidado de cargarle la batería fue, por un lado, tranquilizador, liberador, con esa sensación de estar cien por ciento metida ahí, absorbiendo cada detalle con la retina para no olvidarlo más. Claramente es un viaje que va a quedar grabado en mi memoria y en mis retinas. Y sin dudarlo, también en mi piel.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.