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UN PUNTITO EN EL MAR

Creo que siempre que escuché hablar de Isla de Pascuas, iba asociada a la energía y la magia que flotaba en el ambiente. Eso de sentir que te cargabas de energía, las rocas magnéticas y todo ese misticismo que lo rodea siempre me pareció fascinante. Sin embargo, desde que llegué, estoy en un estado de relax al 150%. O bien a mi tanta energía me está jugando una mala pasada, o energía positiva (mía) + energía positiva (del ambiente) se contrarrestaron (?) y me dejaron echa esta piltrafa.

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Normalmente, todos los días me voy a dormir porque veo la hora del reloj y no precisamente porque tenga sueño, y durante el día estoy de 10 acostándome a las 2am y levantandome tipo 7 u 8. Acá, no hay chance que llegue con los ojos abiertos más allá de medianoche, además de que todas las tardes me da sueño como para una siesta de un par de horas. Será por el relax propio de los primeros días cada vez que cambio de ambiente, el sonido relajante del mar y del viento entre las hojas, la tranquilidad que transmite su gente, o saber que como estoy viajando con mis papás no me tengo que preocupar de mucho. A lo mejor, es un poquito de todo.

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Ver el atardecer en Tahai es tan maravilloso que fui más de una vez. El celesteazulgrisáceo del mar, en contraste con el cielo celeste mientras el sol desaparece poco a poco y las nubes van pasando de blanco-grises a blanco-rosadas, no me hace pensar en nada más. Ningún otro pensamiento viene a mi mente. Capaz que esa es la magia del lugar, la energía de la que tanto hablan: el poder conectarse con el aquí y el ahora. ¿No es acaso eso ya algo hermoso, mágico? ¿Cuántas personas viven atadas a un pasado irreversible o planeando un futuro desconocido? Poder estar aquí y ahora, disfrutando el momento, sintiéndose parte de algo más grande, que no hay apuros ni metas ni otras cosas más importantes que atender que no sea ese momento exacto, a veces es más difícil de lo que parece, pero hace mucho mejor de lo que muchos piensan.

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¿Ustedes no irían cada vez que pudieran?

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Casi sin darme cuenta, llegué a la Polinesia, aunque me siento más en una isla en el medio de la nada, en algo totalmente natural, silvestre y salvaje más que en la Polinesia (en realidad, tampoco sé cuál sería la diferencia con “sentirme en la Polinesia”). Si alguien me mencionaba ese nombre antes, me imaginaba agua turquesa y playas las 24hs del día, pero Isla de Pascuas, que no es que no lo tenga, está un poco alejado de eso, o mejor dicho, tiene mucho más que sólo un mar increíble y una (pequeña) playa hermosa.

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Creo que me imaginaba TODA la isla así

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Es muy loca la percepción del tiempo, apenas llegamos el domingo, cuando todavía teníamos todo el viaje por delante, toda la semana para disfrutar, parecía que nos faltaba un montón para irnos, que la semana iba a ser eterna. A medida que pasan los días, que el calendario va tachando uno tras otro, el tiempo cambia. ¿En qué momento se pasó? ¿Por qué visto para adelante, una semana me parecía eterna, y visto para atrás, apenas fue soplido? Cuando llegué, parecía que nos iba a sobrar el tiempo, y cuando me fui, sentía que podría haberme quedado mucho, mucho más tiempo.

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A veces el tiempo se mueve como una tortuga…

Cada vez siento más esas ganas de vivir por algún tiempo (o por qué no, por mucho) frente al mar. Cada vez que llego a un lugar que tiene mar, esa agua calma, serena, que da paz de sólo escucharla o verla cinco segundos, me doy cuenta que “mi” ciudad va a ser alguna con vista al mar. Esas ciudades en las que ves al mar cuando vas al súper, cuando salís a correr, cuando querés ir a relajarte un rato a algún lado (en vez de “vayamos al parque” sería un “vayamos a la playa”), cuando salís a tomar algo, cuando llevás  a pasear a un amigo que está de visita, cuando mirás por la ventana de tu casa (idealmente), cuando… todo. Cuando, simplemente, te movés por la ciudad. De a  poquito, de a pedacitos voy armando mi lugar en el mundo. Ahora, sólo me falta encontrarlo en la vida real.

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Dedicarme todos los días un ratito así…

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…o así.

Una semana frente al mar, con su brisa, su paz, su color, su transparencia… devuelve el alma al cuerpo. Si alguien cree en la astrología (no es que yo crea mucho), y ser signo de agua está relacionado con esto, le pegaron conmigo. Soy piscis y desde nena tuve fascinación con el agua: aprendí a nadar sola (aunque fue más por rebeldía porque no quería que nadie me enseñe) de chiquita, los veranos me la pasaba metida en la piscina hasta que me echaban tirándole cloro al agua con la amenaza de que me iba a quedar ciega (esas mentiras que le dicen a los nenes…), el día que aprendí a hacer buceo me enamoré, puedo quedarme horas simplemente mirando el mar o un río…

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¿Cómo un lugar puede ser tan lleno de vida y tan vacío a la vez? Ser tan pequeño (la isla es mínima, se le puede dar la vuelta en un día) y tan inmenso a la vez, tan simple y con tantos secretos, sentirme en la nada misma cuando lo único que veo alrededor es mar y que, sin embargo, llena tanto que nada más es necesario.

Al final de todo, me sentía como un puntito en medio del mar.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.