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EXPLOSIÓN DE COLORES

Cada ciudad por la que uno pasa deja cierta huella en nuestra memoria, aferrado a las personas, experiencias y momentos que pasaron en nuestro tiempo en ese lugar. Más allá de lo puramente objetivo que podamos ver y conocer, cada ciudad es una experiencia personal diferente, cada uno la vive a su forma y estilo, cada cual la llena con sus propios significados, cada uno la define con sus propios parámetros y cada uno la atesora como un recuerdo único en base a eso.

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O asociado a música y payasos, como cuando fui al Festival de los Mil Tambores

Aunque la versión oficial del nombre de la ciudad sea que fue bautizada en 1536 por Juan de Saavedra en honor a su pueblo natal, Valparaíso de Arriba, existe una versión más pintoresca que dice que los soldados de Juan Bautista Pastene la habrían llamado “Val del paraíso”, es decir “Valle del paraíso”, y que con el uso se habría transformado en Valparaíso. Más allá de cual sea la versión verdadera, ninguna de las dos dejaría de ser menos cierta. Seguramente, los motivos por los cuales hace varios siglos atrás Valparaíso podía considerarse un paraíso, son bien diferentes a los de hoy, pero diferente no significa mejor o peor.

Lo mismo que el por qué Valaparaíso puede serlo para cada persona: para mí siempre fue una ciudad en las que me siento feliz con sólo llegar, que me saca una sonrisa de sólo ver tantos colores, tantos grafittis, tanta expresión cultural, tantas subidas y bajadas, tantos lugarcitos donde entrar, tantos cerros, tantos rincones que fotografiar, tanta… bohemidad (¿existe esa palabra?) junta. Tanto arte, tanto dibujo,  tanto mar alrededor, tanta cosa bohemia, me hacen sentir llena de inspiración de un sopetón, me llenan de energía, me dan un arrebato de agarrar todo e instalarme ahí, de tener todos los días el mar entrando por mi ventana y el olor a sal pegado al pelo.

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La vista al puerto

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Casas de colores

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Detalles en las calles

Cada vez que fui a Valparaíso -o Valpo, como le dicen en Chile cariñosamente-, lo primero que siempre vi fueron las casas como si estuviesen chorreando por los cerros hacia el mar, como un anfiteatro en una mezcla de colores difícil de distinguir. Cada vez que caminé entre sus cerros (que son distinciones poblacionales tipo barrios, más que una referencia geográfica) me perdí entre calles empedradas, subí y bajé por veredas más empinadas de lo deseado, me perdí por callejuelas y puentes que no encontré en ningún mapa, fotografié paredes con bicis colgantes y poesía y balcones con flores  y ropa colgando y poesía en las paredes, miré una y otra vez casas de madera o chapa ondulada o lata, vi gatos y perros callejeros durmiendo al sol, pasé por escaleras y pasajes que conectan a trasmano diferentes sectores, no me subí a ninguno de los ascensores que conectan el plan (el sector plano cerca al puerto) a excepción del Artillería cuando mis papás fueron a visitarme una vez para llegar al Paseo 21 de mayo, me deleité con la vista panorámica desde los varios miradores que hay y un Año Nuevo festejé desde el Yugoslavia con fuegos artificiales y espuma y papel picadoValparaíso siempre fue para mí sinónimos de colores y grafittis. De arte callejero y cultura en cada esquina. De libertad y expresión.

Tanto por su valor arquitectónico patrimonial, pero principalmente por su rol histórico en el siglo XIX como muestra de la globalización, es que Valparaíso fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 2003, lo que le permite, hoy en día, combinar el desarrollo comercial-portuario con el patrimonial-turístico.

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La vista al mar desde La Sebastiana, la casa de Neruda de Valparaíso.

No por nada Pablo Neruda eligió Valparaíso como lugar para una de sus casas. Llegó a ella escapando del bullicio de la capital, buscando una casa  Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme.”, tal como le escribió en una carta a su amiga y poeta Sara Vial, expresándole su necesidad de encontrar la casa perfecta en esa ciudad. Finalmente, en 1959, le compró la casa a Sebastián Collado, un español que la había empezado a construir para irse a vivir después de que sus hijos se casaran. Sebastián murió, y Neruda compró la propiedad, a la que le puso La Sebastiana en honor a su primer dueño. Desde este lugar, hay una vista deslumbrante hacia el mar, el puerto y los cerros, y desde donde cada 31 de diciembre, el escritor chileno disfrutaba los fuegos artificiales que año a año estallan en toda la costa de la ciudad para dar la bienvenida al nuevo ciclo.

La casa está en la cuesta Ferrari y refleja lo que sólo Neruda supo hacerlo. Todas y cada una de sus casas son un mundo particular, excéntrico, plagado de detalles y objetos únicos, donde la personalidad, los sueños, los amores, las pasiones y los deseos del escritor se plasman en cada rincón. Su pasión por el mar lo llevó a diseñar todas sus casas como un barco, y su afán por recolectar cosas, algo por lo que él mismo se auto-consideraba  “cosista”, tal como dice el cartel en la entrada de la casa, lo hizo aprovechar sus viajes alrededor del mundo y los regalos de sus amigos y conocidos para coleccionar objetos, recuerdos y obras de arte que sólo él podía usar y darle tanto significado, y con los que creó su propio mundo. Sus casas son colecciones de obras de artistas como Diego Rivera, de barcos en miniatura encerrados en botellas de vidrios, de jarros y vasos de diferentes colores, de mascarones de proa, de tablas de madera encontradas en la playa y reutilizadas como escritorio, de caracoles, de monedas de diferentes países, de caballos de madera en tamaño real, de bares para recibir a sus amigos, de pasadizos secretos, de mobiliario ecléctico, de objetos que difícilmente otra persona usaría.

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Detalles en alguna de sus casas

Cada vez que entré a una casa de Neruda, me enamoré automáticamente: ¿cómo alguien es capaz de reflejar con tanta precisión su personalidad, de materializar sus sueños, de ponerle nombre a las pasiones y deseos, de transformar la inspiración en algo cotidiano? Cada vez que entré a una casa de Neruda, los pisos crujían, el mar se sentía en cada rincón (y no sólo en cada ventana), los pasillos y las puertas te cercían como en los barcos, algunos techos tenía que observarlos con cuidado para no golpearme la cabeza, y los faroles, mapas de navegación y timones de barco me hacían sentir que estaba en un lugar único, como dentro de un sueño. Neruda estaba enamorado de esta ciudad-puerto, era la ciudad que lo inspiraba a escribir, y se lo expresó directamente en un poema cuando dijo “Te declaro todo mi amor, Valparaíso”.

Valparaíso no sólo me gustó: me encantó, me enamoró. Es una ciudad a la que volvería una y otra vez, para la cual no necesito excusas ni razones, ni peros ni por qués, ni planes ni no-planes. Voy por ella, porque me conquista desde sus miradores donde ella se contempla a sí misma, desde su arte callejero que crece día a día, desde sus bares secretos y no tan secretos donde sólo sentarse a descansar, desde sus vueltas que se reencuentran a ella misma, desde su creatividad y espontaneidad con que se fue construyendo para sortear los relieves del terreno, con los infinitos recursos para aferrarse a la geografía y darle relieve y color y originalidad al espacio.

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La casa de Neruda en Isla Negra, a cuarenta minutos de Valpo.

No creo que haya persona que conozca esta ciudad y le resulte indiferente. Que no se sienta maravillado ante esa combinación de arte y comercio, de moderno y antiguo, de vertical y horizontal, de mar y ciudad. Que no se sienta inundado por las ganas de caminarla, lento y pausado. Que no tenga ganas de recorrer sus calles, subir y bajar sus escaleras, montarse en los ascensores, contemplar los cerros y el mar y el horizonte, observar los grafitis, ver la gente caminar, respirar el olor a mar, maravillarse ante tanta creatividad.

Valparaíso es una ciudad para recorrerla a pie, caminarla para arriba y para abajo, husmearla entre sus cerros y, sobre todo, no llevar mapa.  Cada vez que fui a Valparaíso fue única, descubrí la ciudad a ritmos distintos, le di nuevos significados, atesoré más recuerdos y creé diferentes historias. Y al final de cada día, después de haber andado por la ciudad, me sentí exhausta y con los pies cansados. Es que, como decía Neruda: “si alguien recorre todas las escaleras de Valparaíso, habrá dado el equivalente a una vuelta al mundo”.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.