CALOR DE PUEBLO

CALOR DE PUEBLO


5pm de lunes caluroso. Llegamos a Trinidad después de varias horas en bus, que pasaron entre charlas con Mehmet, sueño, risas con Semih y libros. Apenas nos bajamos del bus, mientras esperábamos que el chofer baje nuestras mochilas (en realidad mi mochila y las maletas de los chicos) y estirabamos un poco las piernas, vemos que en lo que era la salida del terminal (en realidad la playa de estacionamiento daba a la vereda en todo su ancho) había personas a la espera. “¿Qué están haciendo ahí? ¿Será que están esperando por nosotros? Y así era, efectivamente.  De lejos ya escuchábamos el “taxi, taxi” de los conductores de bici-taxis, y veíamos a las mujeres levantando carteles con fotos de sus casas, a la expectativa de que cada uno de los que habíamos llegado se vaya con ellos. Nuestras cosas fueron las últimas que sacaron así que cuando nos tocó salir el terminal, ya varios viajeros se habían ido en bici-taxi y con los dueños de casas particulares. Ni habíamos cruzado el alambre que los separaba que las mujeres ya nos estaban ofreciendo las habitaciones: que dos piezas, que una pieza, que balcón, que 15 CUC, que 20 CUC, que desayuno, que cerca de la terminal, que en el centro, que, que.. Era tal la insistencia que no podíamos avanzar. Imagínense de repente estar rodeado por 3-4 personas que te ponen frente a tu cara los carteles y las tarjetas personales y te hablan todos juntos a la vez y no te dejan espacio para caminar. Un poco agotador, sobretodo cuando uno pide permiso para seguir caminando y te dicen “sisi”, pero no se van ni dejan de tratar de convencerte para que vayas con ellos. 
 
terminal-trinidad-cuba
La gente esperándonos a la salida del terminal


Colores, empedrados, gente…
 
Como los chicos no hablan español, básicamente soy yo la que tenía que preguntar y ver las diferentes opciones, casi sino elegir. Al final terminamos yendo con una mujer que nos cobraba 15 CUC (15 USD) por la pieza para los tres, más 3 CUC cada uno por el desayuno. En Cuba no existe el concepto de hostel como se entiende en otros lados, no existe la opción de dorm donde pagás por tu cama sin importar si hay o no otras personas en el cuarto. Tampoco es cuestión de habitaciones individuales, dobles o triples, con o sin baño. Básicamente, en cualquier lugar de Cuba los dueños de las casas tienen una o dos habitaciones para arrendar, con una o dos camas (o una cama común y otra cama cucheta) de plaza y media (o sea que podrían llegar a dormir 4 personas en la misma pieza), con baño privado. Entonces, seas 1, 2 o 3, el precio por la pieza es siempre el mismo. O sea, muy poco conveniente para los bolsillos de mochileros que viajan solos.
 
En las apenas cuatro cuadras que teníamos del terminal a la casa ya lo estábamos presintiendo: nos iba a fascinar ese lugar.  Calles empedradas, casas en colores pasteles y no, estilo colonial por doquier, puertas altísimas, ventanales enormes, iglesias y museos asomando entre las casas, valles verdes en los alrededores, el sol reflejándose en los faroles, gente sentada en los marcos de las puertas, nenes asomando por las ventanas, señoras meciéndose en sus sillas… ni bien llegamos a la casa, dejamos las cosas y con cámara en mano nos fuimos a recorrer las calles antes de que atardeciera.“Me encanta me encanta me encanta”. Era lo único que podía articular. Vi varias veces ciudades con un barrio o un sector colonial, como La Candelaria en Bogotá, pero esto era diferente. En todo el pueblo se respira y vive ese aire colonial; no podía dejar de maravillarme a cada paso. Ya alguna vez dije que sueño con encontrar una ciudad colonial entera, frente al mar, con lugares naturales cerca, con mucha vida social y cultural… El punto 1 acá está cumplido, el mar acá está como a 40min en bicicleta, en los alrededores hay valles, cascadas y senderos para hacer trekking, y lo de vida social y cultural.. ya veríamos.

 

 
Pajaritos colgando
Observando desde adentro
Pasando la tarde en un plaza
La Casa de la Música ahí arriba
Salsa nocturna
 
El músico más copado que vi

  


Otro sintiendo la salsa =)
Y comenzó el baile!
 
Gente de todos lados bailando, tanto turistas como locales, en un bar al aire libre
Al ser un pueblo, la gente se comporta muy diferente a las grandes ciudades. Y eso es lo que más me gusta de estos lugares. Que la gente vive en las calles, que son más amistosos, que te invitan a pasar a sus casas, que te sonríen en la calle, que te invitan a jugar ajedrez con ellos, que te ayudan cuando te ven al costado de la ruta luchando con la cadena de la bici. Desde el primer al último día sentimos esa calidez de la gente. Más allá del repetitivo “camarón-pescado-langosta” que uno escucha cuando se acerca el mediodía y cuando está cayendo el sol para ofrecerte el menú típico de cualquier restaurante y del “taxi, taxi lady, taxi a la playa” en cada esquina,  esos momentos en que alguien te habla de forma totalmente desinteresada son únicos. Desde la señora de 90 años que me invitó a conocer su casa y se lamentaba de no tener nada más para ofrecerme, los chicos que nos dieron agua y nos grabaron música cuando paramos al costado de la ruta para arreglar nuestras bicis volviendo de la playa, los padres que te dejan sacarle fotos a sus hijos sólo esperando recibirla como postal, de la señora que se arriesgo a llevarme hasta el último piso de la torre de un museo (que estaba inhabilitado) sólo para que saque fotos…
La señora que me invitó a pasar a su casa
 







El hijo de la mujer que no arrendó las bici.. sólo quería que la foto esté en Facebook para que su mamá y su hermano puedan ver al nene
Mehmet jugando


No son tiernos?
Jugando al ajedrez… ya iba a venir nuestro turno (no el mío precisamente)
 
 
La vista desde ESA torre
Lester, diviertíendose. Si le sacaba fotos, se enojaba, si no lo hacía… también!

Y al ser un pueblo, se puede recorrer muy (muy) fácilmente, a pie y en un día. Sin embargo, Trinidad es de esos pueblos en los que uno siente que podría quedarse días recorriendo las mismas calles por el simple hecho de lo bello que encuentra todo, por la luz que trasmite el lugar, por la gente (y los momentos) que uno se cruza. Son esos lugares a los que uno llega y dice ¡qué voy a hacer acá? y al rato se da cuenta que hay MUCHO para hacer. O más que para hacer, para no-hacer y disfrutar. 

 


Por las dudas…


Un negocio para conseguir un poco de todo


Para poder remodelar tienen que pedir autorización al Estado y aclarar en un cartel qué están haciendo



Puertas labradas, colores, ladrillos


Puesto de pizza al paso, típico

Ya atardeciendo…
Frutas, cartel de precios, ventana abierta…kiosco, en la ventana de las casas

  

 
Esperando por el almuerzo


Música callejera
 
 
 
 
 
El Museo Romántico de fondo, antigua iglesia. Allá, allá arriba, es donde me dejó subir la señora
 
Cae el sol…
Hasta los techos son bonitos
Desde el Museo Romántico
 
Me encantan esos detalles
Nada que ver, pero entre el rojo, azul, blanco y la estrella… me hace acordar a la bandera chilena (ya se, NADA que ver)
 
Paliando el calor
Lester, haciendo muecas
Alguna callecita por ahí no tan en el centro
 
 
Y era así de tranquilo…
 
Con los bici-taxis en las calles, veredas angostas, calles empedradas, casas de colores..
 
Trinidad (en realidad Villa de la Santísima Trinidad) fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1988 junto con el Valle de los Ingenios, y por ende, es mucho más que sólo Trinidad. El Valle de los Ingenios es, valga la redundancia, todo el valle que rodea al pueblo, donde antiguamente se desarrolló la industria azucarera y lo que impulsó el nacimiento del pueblo. El último día, mientras los chicos iban al -se supone- mejor museo de la ciudad por la vista que tiene (yo preferí no ir porque no soy muy fanática de los museos), yo decidí subir un cerro desde donde había una vista panorámica de la ciudad. Cuando llegué arriba de todo, el señor que estaba de turno trabajando en la estación de radio que está ahí, me llevó arriba del techo de la construcción, y me encontré no sólo viendo toda Trinidad, sino que me topé con una vista 360° del pueblo, las playas a lo lejos y, del otro lado, el Valle de los Ingenios. Una inmensidad verde, surcada por una antigua línea de ferrocarril que conectaba las diferentes haciendas, torres, calderas, casas… Mientras, el señor me oficiaba de guía, y me contó que allá trabajaban miles de esclavos, más de 10 mil, para satisfacer la producción de los 56 ingenios que llegaron a funcionar en 1826. Me contó también que todo  eso pertenecía a familia muy ricas, me mostró la torre que tenían para controlar el trabajo de los esclavos y me contó que, todavía hoy, se ve gente con buscadores de metales tratando de encontrar el supuesto oro enterrado que algún hombre rico enterró por todo el valle para que no se lo quitasen. Y también me contó que en el Valle se pueden hacer trekkings, cabalgatas, ir a cascadas… lamentablemente en las 2hs que me quedaban en Trinidad nada de eso iba a ser posible (no es que las ganas faltasen).
 
[me di cuenta que no encuentro fotos del Valle en mi compu… no entiendo que paso=( ]
Grafittis hasta en los tanques de agua


 

Después de un poco de historia, refrescarme un poco al viento del sol del mediodía y de sacar algunas fotos, decidí volver ya que en 2hs teníamos un bus para seguir rumbo. Zizgagueando por las calles, pasé por delante de una casa que desde afuera se veía muy linda, y donde además había gente adentro, por lo que no dudé en entrar. Mirando las diferentes habitaciones y cómo todo estaba acomodado, sumado a que había carteles explicativos (cada vez era más obvio) le pregunté a una mujer que parecía que estaba cuidando si eso era un museo. Efectivamente, hace muchos años eran una casa y ahora se había transformado en museo sobre la historia de Cuba. Mira vos. Como hacía bastante (BASTANTE) calor, me senté un rato en el patio, simplemente a mirar alrededor, la decoración, alguna lagartija que se cruzó (abundan..) y en eso veo, desde el patio interior en el que estaba, que esta misma casa-museo tenía una torre. Como la que yo había visto en la guía de viajes. Como la de las fotos. Como la del -se supone- mejor museo de la ciudad por la vista que tiene. Sin darme cuenta, sin querer queriendo como solía decir algún personaje famoso, terminé en el mismo museo al que no había querido ir. De más está decir que aproveché a subir a ver que tal. Como les había contado, en un museo anterior, la mujer que cuidaba el último piso habilitado me llevó hasta arriba de todo, dos pisos más arriba. Y este, sí era el punto más alto de una edificio en Trinidad (tampoco que se crean que era un rascacielos, eran apenas 4 pisos más o menos).
 
LOS detalles de algunas casas… increíbles
Una de las tantas lagartijas que me crucé
Es innegable que es precioso el pueblo
Llegué a la casa colorada del sol, acalorada por el calor, pero feliz por haber estado en Trinidad. Y con ese pensamiento en el fondo de “ya se dónde íria si alguna vez vuelvo por acá…”

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.