2300 M DE LODO

Cuando viajo, me encanta hacer cosas nuevas, diferentes, ver qué hay de extraño en los lugares dónde estoy, y sobretodo, me encanta tratar de vivir al máximo como lo hace la gente del lugar, evitando cuanto pueda los tours y los viajes pre-armados donde prácticamente sólo se tiene contacto con otros extranjeros. Casi siempre, de alguna forma, uno puede llegar de A a B por su propia cuenta, aunque se demore el doble y tenga que tomar el transporte público, o caminar, o esperar de más… o todo eso junto.
A veces para llegar de A a B está bueno esforzarse
Claro esté que la foto sólo va porque me gustó, al menos que alguno le encuentre relación aparente…
Estando en Cartagena, leí sobre un lugar cerca, el Volcán de Totumo. Como era de esperar, había tour preparados que costaban el doble que hacerlo de forma independiente. Estaba decidida a ir por mi propia cuenta, sabía que desde el terminal salía un bus que me dejaba cerca, así que hacia allá fui. Después de tratar de regatear el precio (incluso ayudada por un local, porque por lo que yo sabía era mucho más barato) y no conseguirlo (después confirmé que ese era el precio real), de que el que yo creía era el chofer (pero resultó ser el señor que va gritando hacia dónde va el bus y te cobra) me ofreciera marihuana (y le dijiera que no, gracias), decidí tomarlo y a los 20 minutos salimos. Ya parecía que estaba yo sola en el bus, pero apenas arrancamos se empezó a subir mucha gente. Un calor terrible y el bus que iba a dos por hora por lo que ni siquera entraba aire por las ventanillas para refrescarse, sumado a que no encontraba una posición cómoda en el asiento porque no me entraban bien las piernas no hacían una buena combinación. Cuando al fin llegamos fue un respiro, al fin poder bajarme del bus! Todavía me quedaban 3km caminando para llegar al volcán… caminé y caminé por una hora al rayo del sol, y cuando ya creía que no iba a poder soportar más el calor, apareció. El lago y el volcán estaban ahí.
A veces se puede llegar a lugares así cruzando en un tour en lancha.. o tomando una micro, un ferry, otro bus y caminando. Cada uno elije.
Y después hacer snorkel…
disfrutar un atardecer…
y una noche apenas iluminada
La recompensa de tanto bus+caminata+calor estuvo buena. Meterse en un volcán de lodo de 2 300 metros de profundidad. Uno sube una escalerita, se mete en lo que sería el cráter del volcán (aunque parece una piscina) y está ahi, cual sesión de (imaginemos) fangoteratia, sumergido en el lodo hasta los hombros, prácticamente sin poder moverse. Yo me metí por la escalerita y me quedé ahí, inmóvil. Casi que tuvieron que empujarme para que avanzara un poco y llegara un poco más al centro. Era espeso, denso. Tal como uno se imagina un pantano o las arenas movedizas. Enserio, imagínense una mosca en el medio de un tarro de dulce de leche, pero sin que sea pegajoso. Igual. Nada más que no te hundís, menos mal. Hundirse 2 300m no me causaba mucha gracia. La experiencia es muy rara, y más cuando te hacen masajes durante hora y media boca arriba y boca abajo (apoyada en una piedra para mantener la cabeza afuera, vale aclarar). Y yo que no quería embarrarme el pelo…
Allá estaba…
 

volcan

Y disfrutar!! (esa cosa gris en el medio soy yo =p)
El lago para darse el chapuzón y lavarse

Al rato empecé a preocuparme. A mi pueden robarme mi mochila grande, a lo sumo tendría que comprarme un poco de ropa para tirar el tiempo de viaje que me quede, pero si le pasa algo a mi mochila chica, donde tengo la compu -o sea, mis fotos, mis recuerdos- la cámara -ídem-, los documentos y la plata, creo que me puede dar depresión en pleno viaje. Es mi vida esa mochila (casi como el nombre del blog =p). Más allá de lo material, son todas las fotos que tengo ahí, los recuerdos, la imagen de mis viajes, momentos con amigos, lugares que visité, mi familia, personas que conocí en los últimos años… para mí mis fotos son demasiados valiosa. Así que después de un largo rato de masajes, me empezó a entrar la paranoia porque había dejado mi bolso donde tenía la cámara y la billetera por ahí cerca pero yo estaba hacía más de 1 hora casi dormida por los masajes. Lo empecé a mirar de reojo y me pareció que estaba dado vuelta, diferente de como yo lo había dejado, y ya me estaba imaginando lo peor.. en cuestión de segundos se me había ido todo el relax. Poco a poco empecé a enderezarme, onda “vamos terminando con los masaaaajes” y en eso los chicos que trabajaban ahí se ofrecieron a sacarme una foto. Buscaron la cámara en mi bolso, y ufffff, que alivio más grande! Felicidad total, era sólo paranoia.

Después del baño en la ciénaga (que tenía un olor a pantano terrible de tanto barro de gente que se lava ahí creo yo), empezó la vuelta. Y la travesía fue mayor que a la ida, 4y30hs para hacer los 50kms hasta Cartagena: 1h de caminata desde el volcán hasta el pueblito, espera hasta que salga el bus, bus a Santa Catalina por camino de tierra, bus a Cartagena, buseta a casa. Pero valió la pena. Fue cruzarme con otra cara de Colombia (y no por eso menos linda, sino con otro encanto), ver todos lo que hay en el medio a A a B, compartir el bus y la música y el paisaje con la gente, ver lo diferente que se vive en otro lugar no muy lejos de la famosa ciudad amurallada de Cartagena, cruzar la parte más rural en un bus colorido y escuchando salsa y vallenato, por caminos destartalados, ver gente afuera relajada hablando sentada en las veredas, burros llevando carga, puestos de venta de cuatro palos y una chapa como techo en donde cuelgan plátanos y una mesa de madera que exhibe muchas frutas, sentir la calidez y amabilidad de la gente en sólo una sonrisa… de repente, Kenia a apareció en mi mente, seguido de algún que otro pueblito que crucé en el desierto en Egipto.

Una de las cosas que más me gusta de viajar, es cómo un lugar empieza a recordarme otro, cómo un paisaje me lleva a pensar en otra ciudad o país, ver un paisaje “repetido” en otra cultura, con otro significado, de otra forma. Poder seguir viajando y disfrutando ese lugar incluso una vez vuelta, incluso mucho tiempo después volver a sentir lo mismo que sentía estando en ese lugar… saber que un viaje sólo termina físicamente, pero que un pedacito de nuestro corazón quedó allá, que en nuestra memoria y en nuestra mente ese viaje nunca se terminó y puede resurgir en cualquier momento, incluso en el menos esperado.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.