¿TINTO O PINTADO? Parte I

2 cucharadas de café – Pereira

Me quedé dormida antes de que el bus saliera de la terminal. Me despierto más tarde y me doy cuenta de que no me habían pedido siquiera el ticket, que mi mochila estaba en el piso patinando de un lado a otro y que no sólo íbamos en un camino zigzagueante sino MUY zigzagueante. No terminaba de girar hacia un lado que ya parecía que empezaba a doblar hacia el otro. Costaba volver a dormirme o mantenerme dormida con tanto zambaleo, y encima sintiendo cómo los oídos se me iban destapando por el cambio de altura.

Cuando llegué a Pereira, me encontré con la mamá de Cris, uno de mis mejores amigos que conocí en mi último año trabajando con AIESEC. Había ido hasta allá pura y exclusivamente a visitar a su familia. Norelia, su mamá, resultó ser una mujer divina. Yo no la conocía ni por foto, pero llegó a buscarme a la panadería, me llevó a desayunar, me hablaba todo el rato, después de que fui a recorrer un poco (estaba demasiado cansada por el viaje y por el calor) el centro me preparó el almuerzo, fuimos al mercado a comprar frutas y verduras, y más tarde me acompañó a La Virginia, el pueblito de sus papás, o sea, de los abuelos de Cris. 

Recorriendo Pereira





Descansando



Mercado



¿Uds podrían desayunar así? Para, mi imposible



Pero así si 🙂 



Más puestos callejeros de frutas

Después de un viaje de 45 min, en donde entre sueño y sueño habría los ojos y veía puros árboles super verdes, un paisaje precioso, montañas al fondo y cruzábamos pueblitos, llegamos a La Virginia, y después de caminar 2 cuadras, a la casa donde iba a estar parando. La casa de los abuelos de Cris, pero donde uno no sabe exactamente quién vive por la cantidad de gente que hay; una casa con imágenes de Cristo, mezclado con un cuadro de nudos mariner
os, muchas fotos familiares, cuadros con imágenes de telar, una biblia en un atrio en la sala principal, espejos, manualidades hechas en tela, cortinas y manteles de crochet, con la puerta de la calle abierta, literalmente, y recibían con comida (bien colombiano: arroz, frijoles y patacones, aunque eran las 5:30 de la tarde y hacían 35°C) a todos y cada una de las personas que entraba en la casa -que no fueron pocas- que no hacía más que hacerme acordar a la típica vida de pueblo o ciudad chica en Argentina, o recordarme a la casa de mis abuelos paternos (no es que sea exactamente así pero es ese tipo de cosas que te trae recuerdos por cierta nostalgia y semejanza) y
 me daban muchas ganas de ir a casa, a Rafaela, a compartir esas tardes de verano en familia, ir de mis abuelos y sentarme simplemente a hablar un rato con ellos.

Almuerzo en familia

A la noche salimos a dar una vuelta, y cada vez el sentimiento de nostalgia se incrementaba. Eran apenas las 7 pero ya era de noche (de noche, acá por más que sea verano osurece temprano y a las 6am ya es re de día), había gente por todos lados en bici, nenes jugando a la pelota en la calle, abuelitos en reposeras en la vereda, gente cruzando la calle en cualquier lado, nosotros caminando por la calle, las puertas de la casas abiertas, chicos saliendo de la escuela, hombres tomando cerveza en bares en siillas sobre la calle, puestos callejeros… más sensación de verano, imposible

1 cucharada de azúcar – La Virginia
10 hs. No recuerdo cuánto hacía que no dormía tanto. O si, pero no es algo muy habitual en mí, que siempre duermo 5-6hs por día (y mi abuela me reta). El día empezó con un desayuno con frutas (era demasiado comer arepas con queso y patacones haciendo 35°), ver tele, escribir un poco, para almorzar sopa de yuca, papa y zanahoria (a pesar del calor) y ensalada (por suerte). No pude evitar dormir la siesta. El calor me gana. Es increíble. Es más fuerte que yo. A la tarde salimos a dar un vuelta en bici con Lydia, una tía de Cris. Llegamos hasta un puente en donde un chico que hacía clavados me pidió que le sacara fotos, seguimos y llegamos a otro pueblito muy parecido a La Virginia,  con calles sólo transitadas por personas, bicis y motos, puertas de las casas abiertas, negocios que parecen más en la calle que adentro porque tienen todo el frente abierto, casitas bajas y de colores desgastados, grupitos de personas en sillas en las veredas o sentadas en el marco de la puerta, carteles publicitando minutos de celular a 100$ a cualquier operador, helados de frutas, hombres acarreando plátanos… en algún sentido, me hace acordar a Kenia. El calor, ese estilo de vida, esa tranquilidad, esa preocupación sólo por el ahora, ese relajación. Y por otro lado, es muy diferente del Bogotá de los últimos días, siento que estoy en otro Colombia, que tengo la suerte de conocer un rincón que no está transformado para los turistas, de vivir un rato una Colombia real (no porque los otros lugares no lo sean) como esas playas vírgenes donde el hombre no ha hecho nada todavía y donde un puede experimentar la autenticidad al 100%.


¿Estará pidiendo un deseo?
Convesando, jugando, descansando… todo pasa afuera
En bici a todos lados
Vista del valle
El abuelo de Cris

Eran apenas las 6:30, el sol estaba empezando a bajar, y cuando llegamos  a la casa, yo con ganas de comer y tomar algo fresco, me ofrecen arroz con porotos (y papa y plátano) y patacones. Uiii, es tan temprano para cenar para mi todavía.. mejor me tomo el jugo de maracuyá que quedó del desayuno, como algo de fruta y espero un poco más para la cena. Apenas empieza a anocher, empieza a refrescar, apenas apenas, y salimos a dar una vuelta caminando. Hombres jóvenes y no tanto en bares tomando, jugando algún juego, gente en bici, gente viendo tele en el living de la casa con la puerta abierta, bachata y vallenato que se escucha en las casas y los bares. De vuelta esa eterna sensación de verano que sólo me recuerda mi infancia en Rafaela, cuando vivía en un barrio donde habían muchos abuelos y erámos sólo 3 nenes en la cuadra, y la gente se sentaba todas las tardecitas en reposeras en la vereda a ver la gente pasar mientras escuchaban radio y hablaban con los vecinos.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.