A LA ORDEN (I parte)


Empecé mi viaje con el pie izquierdo. El lunes llegué al aeropuerto de Bogotá a las 11pm, y cuando quiero pasar aduana me piden la dirección donde iba a parar. Ni idea. ¿El número de teléfono? Menos. Es que me vienen a buscar, le explico. ¿Te están esperando afuera? Si… Cara de dubitación del señor. ¿Tenés los datos en internet? Si… Ok, vamos a salir a ver esos datos. Yo esperaba que el señor me mirara con cara de malo (para no decir otra cosa), se enoje, me hable mal así que yo trataba de explicarle que nunca me había pasado algo así, que cada vez que entro en Chile, en la parte de “dirección” sólo tengo que poner Santiago y ya está, que en ningún aeropuerto me habían pedido tan detallado esas cosas… una mezcla de vergüenza, de qué colgada que soy, de no aprendo más, de risa porque siento que sólo a mi me pasan estas cosas… en fin. Y el señor me decía que no había problemas, sonreía, estaba buena onda. Wow. No es el tipo de personas que uno se suele cruzar en los aeropuertos, que después de todo eso encima me saluda con una sonrisa y un “que disfrutes Colombia” muy sincero.




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Para empezar a vivir el espíritu colombiano tan alegre =)



Con el paso de los días, me di cuenta que no era tanto en particular ESE señor, sino que la amabilidad es un factor común en Colombia. Lo del aeropuerto fue más bien un preludio de toda la amabilidad que me iba a encontrar después: un hombre parando con el auto en medio de la calle porque nos notó perdidos a Hernán (uno de mi mejores amigos que también estaba allá) y a mi; un chico llegando al trote para taparme con un paraguas a la salida del casamiento hasta que me suba al auto; una familia en una buseta (como si fuesen los buses de Argentina pero más chicos) en el aeropuerto que me dice que vaya con ellos, que iban hacia el mismo lado que yo, porque irme al centro sola a esa hora de la noche era muy peligroso y, encima, que me paguen el ticket del Transmilenio, el otro bus que tenía que tomar para llegar a casa; un cajero del supermercado explicándome el nombre y cómo usar cada una de las frutas que había comprado (y en mi vida había escuchado nombrar); el chico donde estaba parando ofreciéndome más de todo lo que necesitaba, desde dejarme su cama y él dormir en un sofá, darme llave de su casa, darme un reloj pulsera porque no sólo no tengo celular ni siquiera tengo reloj para ubicarme un poco, dejarme su casa durante los 3 días que él se fue a otra ciudad… día a día me fui dando cuenta que no es una cuestión de alguien que es así, sino que es algo intrínseco del país. Amabilidad a toda hora, donde y cuando quieras. Parecen tonteras, pero tener alguien que te abra las puertas de su casa, te ayude,  te ofrezca, te explique cuando uno está viajando, sobretodo solo y en un lugar en el que hay que tener ciertas precauciones, o alguien que te guíe y te ayude a llegar donde necesites cuando estás tratando de llegar a un lugar y orientarse parece lo mismo que estar en el medio de la nada, todo luce igual e ir para cualquier lado es lo mismo, esa ayuda es invalorable. Y MUCHO.

Junto con el buen humor y la paciencia, la amabilidad debe ser la mejor palabra para para describir a los colombianos. Reflejo de esto es escuchar la frase “a la orden” de cada vendedor, policía, guardia, persona a la que se le pregunta algo…

* Martes, entre turístico y medio a la deriva. 

Salimos con Hernán a caminar por la carrera 7° (acá prácticamente ninguna calle tiene nombre, sino que están numeradas, con carreras y calles – capítulo aparte el tema de la orientación en la ciudad) y mi hambre iba en aumento pero todavía faltaba rato para que sean siquiera las 12 del mediodía y sea un horario razonable para sentarnos a almorzar. Ya me lo habían advertido, iba a estar en el paraíso con la cantidad y variedad de frutas de este país. Y no tardé mucho en darme cuenta. Ya mi desayuno había sido un plato de frutas que me dio Nico (uno de mis mejores amigos que se casaba con una chica colombiana en menos de una semana, la verdadera y primera razón del viaje) en su casa, y caminando por la calle empezaron a aparecer vendedores de frutas uno tras otro. Ananá (o piña para los colombianos), sandía, coco, banana (o banano acá), mango, ciruelas, papaya, melón, pera y un gran etcétera de frutas que no pude siquiera reconocer, que las ofrecen como fruta, ya cortadas en un vaso plástico, mezclas de diferentes trozos grandes, en salpicón (un estilo de ensalada de frutas pero que en vez de jugo de naranja como en Argentina, le ponen un jugo rojo artificial), mezcladas con yogur o con yogur y cereales… para todos los gustos. Así que no me demoré mucho, y entre el hambre y las ganas de empezar ya a probar comida de la calle, me compré uno de esos vasitos con mezcla de frutas, melón y pera en mi caso. 




Seguíamos por la 7° y llegamos a la Javeriana, una muy buena y reconocida universidad de Colombia. Muy grande, un campo enorme, con gimnasio, campos de fútbol, atletismo y otras yerbas, cafeterías y comedores en varios lados, incluso con hospital y  un centro para alumnos que no saben que estudiar y puedan estar ahí un tiempo. Después del recorrido, ya tanto a Hernán como a mí nos estaban dando ganas de comer algo y encima necesitabamos internet así que encontramos un Crepes & Waffles, una cadena muy conocida acá que existe en varios países, y que ya Cris, uno de mis mejores amigos en Chile y colombiano, me la había super recomendado. No se equivocaba. Genial, tanto Hernán como yo estábamos chochos con nuestros crepes. Seguimos y seguimos caminando hasta que llegamos a una plaza principal, como si fuese una plaza de armas (lo que es salir sin saber donde uno está parado) donde estaba la catedral, el Palacio de Justicia y otros edificios. Descansamos un rato entre tantas palomas que había dando vueltas, una chica nos vino a hacer un chamuyo con unas pulseritas, que pedir un deseo para el otro, que tres deseos para cada uno y toda la historia, demasiado simpática y buena vendedora (además de que no te daba tiempo a decirle que no) así que le compramos unas pulseritas y siguió con la historia de los deseos. Apenas se fue, se nos acercó un señor para hacernos caricaturas. Suficiente, nos fuimos nosotros para que no nos agarren de punto de venta. 




Más vendedores de frutas (no me pregunten qué son esas)



Vendedor de frutas

Pie en 3D en la Catedral





Seguimos caminando y nos metimos más adentro de lo que después nos enteramos que se llama La Candelaria (lo que es salir sin saber donde uno está parado II), el centro histórico y cultural de la ciudad. Precioso, justo la clase de construcción que a mi me gusta. Colonial, casitas de dos pisos, de colores, ventanas enrejadas, puertas talladas, con balconcitos, tejados rojos, callecitas empedradas…justo el tipo de lugar donde me gustaría vivir. Una ciudad que sea TODA así, que tenga vida social y cultural, clima veraniego todo el año, cerca del mar… ¿exisitirá una ciudad así? Paseando por ahí me empecé a acordar mucho de Stzentendre, un pueblito muy pintoresco en Hungría en el que estuve el año pasado por el día, donde para identificar los negocios, hace muchos años, ponían por fuera figuras representativa, entonce si vendían golosinas, ponían figuras de caramelos, si vendían cuchillos, ponían lo respectivo y así sucesivamente. Qué lindo que es recorrer y que vengan tantos lindos recuerdos.


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Balcones, colores

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Faroles
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Letreros enchulados

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Piedras

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Más vendedores de frutas

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Anochecer


El martes terminó encontrándome con Juan Martín, un colombiano que había conocido hace más de 3 años atrás en Kenia y que me iba a estar hospedando estos días, y cenando en Usanquén , otra parte de Bogotá, con él y una amiga.

* Miércoles, viviendo Bogotá.
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Yo quiero uno asi!



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Llevaron el perro a entrenar



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Flores por todos lados



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Correntazo, el almuerzo corriente como menú fijo por 4USD aprox



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¿?
El miércoles se pasó rápido caminando de acá para allá y haciendo cosas muy de vida cotidiana entre averiguaciones, compras, un almuerzo en un correntino (el lugar donde almuerza muchas gente, que tiene menú fijo por entre 3 y 4USD, incluyendo sopa, plato principal contundente y jugo de frutas, buenísimo) y más compras, para a la noche ir a Andrés Carne de Res, el restorante más famoso en todo Colombia. Y tiene por qué. Yo al principio dudaba sobre ir o no porque la cena estaba estimada en 40USD, un poco fuera de mi presupuesto mochilero digamos. Hice tripas corazón y terminé yendo, de lo cual no me arrepiento. Para nada. De hecho, volvería otra vez, vale todos y cada centavo. Es indescriptible el lugar, una mezcla de todo y nada a la vez, lleno de color, formas y sonidos, y una atención increíble, muy organizada, que hasta te dicen donde queda la salida de emergencia como primer paso luego de presentarse. Imagínense que el restaurante, o miradero-conversadero-estadero-restaurante-bar-bailadero según ellos, ya que uno puedo ir desde para desayunar, hasta para bailar y tomarse uno tragos, tiene 4 pisos, cada uno con su nombre (el infierno, la tierra, el cielo y el purgatorio), cada uno con su propia cocina y bar. El dueño del lugar es un artista colombiano, Andrés Jaramillo, que se encargó de darle estilo a todos los rincones, a cada detalle, sin dejar nada al azar. Desde una mini recepción de frutas en cada mesa, un Quijote de alambre de lata en la entrada, botellas pintadas abstractamente de muchos colores vibrantes en una vinoteca del piso dos al tres, un sillón barbero en el que uno se puede sentar a tomar un trago, una cuenta que viene en un caja de madera alargadas y chatita que incluye una mini linterna (porque el lugar no es TAN ilumiando) y una lupa para ver mejor, un container colgando en medio del primer piso, tragos que vienen un cocos, hielos en baldes de chapa pintados, una lámpara enorme que cuelga dos pisos, figuras religiosas, una carta única tanto por la oferta como por el diseño, corazones rojos con alas rojas colgando arriba de cada mesa con un nombre o apellido, entre otras tantas cosas mezclado con la música alegre, todo pensado para resaltar la creatividad, vivirla a todo momento, y sentir la colombianidad en su máxima expresión. Un lugar para vivir y disfrutar.

*Jueves, de city tour, museos y comida típica.

El jueves empezó temprano, ya a las 8 en el centro. Igualmente la hora no era el mayor problema, ya que todos los días me estoy despertando a las 6:30 por el sol que ya hay a esa hora, y acá la vida social termina bastante temprano, los fines de semana a las 2 cierra todo, y durante la semana la gente suele irse a dormir tipo 10 u 11 de la noche.  Como el hermano de Marce, la novia del mencionado casamiento digamos, es Jefe de la Policía de Turismo, nos llevaron a todos los extranjeros de visita guiada por el centro histórico de la ciudad. Como se nota cuando alguien sabe, y sobretodo, se nota la diferencia entre haber estado dos días antes en el mismo lugar y parar a descansar y mirar alrededor nomás, y volver y que alguien te explique qué es cada cosa, su historia y significado. Unas de las partes más graciosas del recorrido era escucharlo contar el significado que tiene cada billete, el chico iba jugando con los pliegos, los personajes, y nos contaba el significado detrás de cada uno, según donde íbamos parando y cómo se relacionaba con la historia del lugar. Fue el último día que decidí salir sin el impermeable. Esto de que sea “verano” (sí, entre comillas, porque está lejos de nuestra concepción de verano) de 14°C, con sol, nubes, llovizna, sol, brisa, de nuevo lloviiiizna, de nuevo sol, los dos a la vez… hizo que me congelara todo el día por el viento y la llovizna y yo apenas con una camperita de algodón. A mi el tiempo no me sorprende más así mañana.


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En la Plaza Bolivar

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Feliz posando, y más cuando vio la foto
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¿Ven el hombrecito? Era un peta muy famoso de Bogotá



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Calle del divorcio, antes llena de prostíbulos. Queda claro el por qué del nombre.



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Más flores


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El bife de cerdo acompañado de ensalada… de frutas, queso y pasas (más papas fritas y arroz)



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Ajiaco, comida típica de Bogotá



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En el Museo Botero



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Botero II,  La Mona Lisa a los 15. La amé.

Por la noche, los padres de Marce hicieron una recepción en su casa para todos los invitados extranjeros, con música en vivo incluída y muchas muestras de comida colombiana. Las infaltables frutas con triple función, como decoración, comida y jugos, frutas que en mi vida había visto ni probado, algunas apenas escuchado nombrar: granadilla, guayaba, feijoa, lulo, arazá y tomate de árbol entre otras clásicas.También circulaban empanadas colombianas fritas, rellenas con carne y papa), mini brochettes de carne y pollo, chicharrón (grasa frita), palitos de queso, patacones, arepas (un clásico en el desayuno), papas asadas con sal, yuca frita para comer con palta, acompañado de una banda tocando, mariachis, guitarra y Nico cantando… Llegaron las 11 y empezaba a ser hora de comenzar la retirada.


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Frutas y más frutas



Nico y Marce <3

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Los Mariachis



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En pleno show

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Ya se acercaba el finde, cada vez falta menos para la boda asi que las ansias se sienten en el ambiente 🙂

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.