BICICLETAS EN LA ARENA

BICICLETAS EN LA ARENA

Una de las formas que me parecen más lindas para sumergirse en el paisaje es andarlo, caminarlo, vivirlo con todos los sentidos y lentamente. Por suerte, el desierto de Atacama brinda esa posibilidad: el pueblito es minúsculo, y algunos lugares en su alrededor pueden hacerse fácilmente en bicicleta. Así que apenas llegué a San Pedro, eso hice: aprovechando que llegué a mediodía, alquilé una bici y salí.

Cartel de bienvenida, que dice que San Pedro tiene 1938 hab.

Cartel de bienvenida, que dice que San Pedro tiene 1938 hab.

El objetivo era llegar al Valle de la Muerte, y como tenía tiempo hasta el atardecer para llegar allí -la que dicen la mejor hora para contemplar los colores- fui antes al Valle de la Luna, sitio declarado “santuario de la naturaleza”, parte de la Cordillera de la Sal. El lugar está repleto de formaciones geológicas, de las que yo fui a ver  las Cavernas de Sal. Y de ahí, a retomar mi camino al Valle de la Muerte. Este lugar es lo que más se aproximó, de todos los paisajes, a mi concepción que tenía de desierto: dunas enormes de arena, montañas infinitas doradas que se escurren para uno y otro lado, con filos peinados por el viento. Años atrás, tanto los amantes del sandboard como los que querían divertirse un rato, encontraban en estas dunas -la Duna Mayor especialmente- un gran atractivo. Sin embargo, hace unos años, la zona está delimitada para que ya no se pisen las dunas y así evitar su erosión.

Entrada a las cuevas.

Entrada a las cuevas.

En las cuevas.

En las cuevas.

Caminando por los diferentes filos.

Caminando por los diferentes filos.

La arena es suave, sedosa. Subo un filo, lo bajo, subo otro, trato de encontrar el mejor lugar para ver el ansiado atardecer. Cuando por fin me decido, a los pocos minutos comienza: la arena se torna más rosada, las nubes empiezan a cambiar de tonos, del blanco al amarillo al rosa, y las cimas de todos los picos que aparece en el horizonte, absorben todos los colores. El sol cae, y empiezo a volver, preocupada: me acuerdo que dejé mi bici en el estacionamiento, sin candado ni nada. En el hostel no me lo habían dado, ni eso ni un casco, así que volví rapidito. Cuando llegué, mi bici estaba ahí, en el mismo lugar que la dejé, y un señor que me miraba extrañado porque no sabía de quién era la bici y tenía miedo que la robasen.

La duna mayor.

La duna mayor.

Esperando el atardecer.

Esperando el atardecer.

Arena y más arena.

Arena y más arena.

El sol va bajando.

El sol va bajando.

El atardecer va cambiando los colores.

El atardecer va cambiando los colores.

El atardecer tiñendo las montañas.

El atardecer tiñendo las montañas.

Ya casi sin sol.

Ya casi sin sol.

Ahora, me faltaba la vuelta. Nunca me había puesto a pensar que, si me iba a ver el atardecer, iba a volver de noche. Por un camino sin luces, con una bici sin luces, yo sin casco, el camino en bajada y con arenilla. Estaba difícil, pero no me quedaba otra, así que empecé a volver. Mientras pedaleaba, pasé por todas las religiones pidiendo que no me pasara nada, y algo se movió: veo un auto parado un poco más adelante en la ruta, y cuando llego, dos chicos bajándose. Freno, a ver si necesitaban algo: eran ellos los que habían parado para preguntarme si quería que me llevasen. No lo dudé, desarmamos la bicicleta, nos amuchamos un poco, y compartí la vuelta con una canadiense y dos norteamericanos. 

Llegué sana y salva al pueblito, para comer algo e irme a dormir tranquila, envuelta en un combo de adrenalina y naturaleza.

La iglesia por dentro, con su techo de cactus.

La iglesia por dentro, con su techo de cactus.

La Iglesia de noche.

La Iglesia de noche.

San Pedro de Atacama, aunque pequeño, es muy pintoresco. Con el tiempo,  se ha ganado varios apodos, como “el pueblo de adobe” o “la entrada al desierto”. Todos ellos, muy ciertos. Si algo caracteriza a este lugar, son sus calles polvorientas, sus casas de adobe, que cada día ganan más fama como base y puerta de entrada a uno de los desiertos más grandes y áridos del mundo. Día a día sus calles están llenas de turistas, especialmente extranjeros, y en la plaza es común ver gente con sus laptos y celulares aprovechando el wi-fi. Una de las construcciones más lindas es su Iglesia, que data del siglo XVIII, con techo de madera de cardón y vigas de chañar atadas con cintas de cuero. 

Por la calle Caracoles.

Por la calle Caracoles.

Una esquina del pueblito.

Una esquina del pueblito.

Días después, volví a agarrar la bici, esta vez, con destino a Pucará de Quitor y Catarpe. Puros senderos de tierra, entre montañas, con aún vestigios de las culturas incaica y atacameña, y vistas panorámicas de las montañas y los alrededores. La idea era llegar hasta arriba, a un punto panorámico, pero el calor, el viento en contra y la arena volando constantemente lo hacían difícil. Estaba exhausta, y a las seis tenía mi bus de vuelta a Calama para tomar el avión de vuelta a Santiago al día siguiente temprano, así que me quedé descansando al lado de un río, y a las cuatro empecé la vuelta.

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La señora que me mostraba la llamita para la foto.

La señora que me mostraba la llamita para la foto.

Pucará de Quitor.

Pucará de Quitor.

Vista desde arriba, subiendo la montaña en bici.

Vista desde arriba, subiendo la montaña en bici.

Y acá, al lado de la motito, me quedé hasta volver...

Y acá, al lado de la motito, me quedé hasta volver…

Esta vez, además de sana y salva, llegué cansada. Lista para darme un baño y subirme al bus que al día siguiente me iba a dejar -como mucha gente dice- de vuelta en la rutina. Yo prefiero pensar que los viajes también pueden formar de la rutina. Y de la vida.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.