MAGIA EN EL DESIERTO

MAGIA EN EL DESIERTO

Deben existir pocos lugares en el mundo como este. Seco, árido, vasto. La aridez se siente en la piel, en los ojos, en la tierra, en el aire, en las calles, en las casas. Hay pocos lugares en el mundo donde el promedio de lluvia es de 20mm anuales. Eso sí, en los lugares donde llueve, ya que hay sectores de la región donde no ha llovido en miles de años. 
 
Llegando a Calama, la ciudad más cercana a San Pedro de Atacama con aeropuerto, ya se siente: desierto en estado puro. Además, Calama es, como toda la zona norte del país, una ciudad donde la minería es una de las actividades económicas más importantes, y es, precisamente acá, se encuentra Chuquicamata, la mina a cielo abierto más grande del mundo. Compartí un taxi al centro de la ciudad con dos señoras, y salí a buscar un colectivo rumbo a San Pedro. Pregunté en dos lugares, y quince minutos después, empezaba a recorrer los 104 km que separan la ciudad del pueblito. El camino es desierto en estado puro: nada por aquí, nada por allá. Todo desierto, y las montañas que decoran el horizonte. Y entre ellas, el volcán Lincancabur, “montaña del pueblo” en lengua kunza (el idioma de los inkan antai, la población atacameña original), siempre ominipresente en el paisaje. Además de árido, Atacama es mágico. Tiene una belleza única, una inmensidad que aturde, que hipnotiza, que anticipa lo que se vendrá en los próximos días.
Lagunas, montañas, todo forma parte de Atacama.

Lagunas, montañas, todo forma parte de Atacama.

 
En mi segunda día fui a conocer lo que más ansiaba del viaje: los géiseres del Tatio. Un campo geotérmico ubicado en plena Cordillera de los Andes, siendo el más alto del mundo, a 4.200 msm. Columnas de vapor que acá pueden llegar a los 12 metros de altura, que salen a presión de las fisuras de la tierra debido al contraste de las elevadas temperaturas del agua y el frío helado del aire. Justamente por eso es que el viaje empieza bien temprano; alrededor de las 4:30am me pasaron a buscar para, luego de 2hs de viaje, llegar justo antes del amanecer, cuando la temperatura alcanza los -10°C y se generan los mayores contrastes de temperatura. Una vez que el sol empieza a aparecer entre las montañas, sus rayos empieza a traspasar las fumarolas de vapor y aclarar poco a poco el día. 
Fumarolas y mesas para el desayuno.

Fumarolas y mesas para el desayuno.

Las fumarolas

Las fumarolas

Ya va amaneciendo

Ya va amaneciendo

 
El día que yo fui, o no hacía tanto frío, o pensé que iba a hacer tanto frío que después no me pareció tanto. No soy buena amiga del frío, y que el sol haya brillado a cielo completo no es una buena razón sino lo habitual. Sin embargo, bajo el lema “si no es ahora, cuándo”, junté coraje y me metí: en varias partes de la superficie se forman piletas naturales, algunas como una cacerola gigante donde los guías de los tours calientan las cajas de leche para el desayuno, y otra tan grande como una piscina. Literalmente: fuimos varios los que tiramos ropa a un lado, respiramos profundo y corrimos en malla a recuperar calor a esas aguas. Había que tener cuidado: a diferencia de las aguas termales, donde la temperatura es pareja es toda la pileta, acá iba variado, 40°C, 50°C, 60°C, 69°C. A moverse despacio, para no quemarse. Cuando vimos que todos nuestros compañeros estaban sentándose a desayunar, llegó la peor parte, la de salir al aire frío y cambiarse. De todas formas, la recompensa con un té caliente y crêpes dulces y salados eran bastante reconfortante.
El sol saliendo detrás de las montañas, empieza a calentar el ambiente.

El sol saliendo detrás de las montañas, empieza a calentar el ambiente.

Disfrutando de las aguas termales.

Disfrutando de las aguas termales.

Las piletas enormes de aguas termales.

Las piletas enormes de aguas termales.

 
A la vuelta visitamos Machuca, un pueblito donde ya no vive gente y sólo van para recibir a los turistas. No es más que una calle, pero hay un detalle que llamó mucho la atención: las cruces de lana clavadas en los techos de sus casas de adobe, y Toconao, un pueblito de 1.000 habitantes que se caracteriza por sus construcciones y artesanías en piedra volcánica.
El hijito del chofer del camión que nos llevaba por el tour.

El hijito del chofer del camión que nos llevaba por el tour.

Adobe y paja.

Adobe y paja.

Machuca, el pueblito con cruces de lana en los techos de sus casas.

Machuca, el pueblito con cruces de lana en los techos de sus casas.

Casitas de adobe en Machuca.

Casitas de adobe en Machuca.

Restaurante El Laco, donde vendían "sandwitch"

Restaurante El Laco, en Toconao, donde vendían “sandwitch”

Dando vueltas por Toconao.

Dando vueltas por Toconao.

Al día siguiente, fuimos a la  Reserva Nacional de Flamencos, ubicada dentro del Salar de Atacama que, aunque no tan famoso como su vecino en Bolivia, es uno de los más grandes del mundo con 3.000 km2 y más del 25% de la reserva mundial de litio en su poder. Una vez dentro de la Reserva, a la cual se accede pagando una entrada que beneficia directamente a las comunidades atacameñas que protegen el lugar, todos los senderos están marcados: caminar por fuera de ellos podría afectar el ecosistema del lugar, donde miles de flamencos emigran cada año. Esos flamencos -hay tres especies: el chileno, el andino y el de James- que nacen blancos y que, con el tiempo y por su dieta a base de un micro-crustáceo con betacaroteno, van mutando sus plumas a ese color naranja-rosado tan característico. Caminamos y caminamos hasta llegar a la laguna Chaxa, y la belleza se triplica: cielo, lago, flamencos. Y costras. El resto de la superficie es como un gran campo de corales fuera del mar, producto de la evaporación de las aguas.
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Esperando por los flamencos volar.

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De ahí, seguimos a la laguna Tebenquinche para ver el atardecer. Su nombre, en kunza, quiere decir “lugar de pastoreo”, aunque los más ancianos dicen que significa “la que muere y nace en dos lunas”, lo que tiene mucho sentido, ya que este enorme lago salado se seca durante dos meses (dos lunas) por evaporación del agua y queda completamente blanco. Cuando yo fui, la vi a mitad del ciclo: mucha sal acá cerca, mucha agua allá más lejos. Todavía no fui a Uyuni, pero jugar con la perspectiva me hizo acordar a las decenas de fotos que he visto de gente que estuvo en el salar de Bolivia, muy cerca a Atacama. Nos sacamos fotos, jugamos un rato, brindamos con pisco sour mientras picabamos lo que nos habían preparado en el tour, y poco a poco el ambiente se va tranquilizando: el atardecer estaba llegando e iba a ser sublime: las aves cruzan el cielo, el sol cae, las montañas se recortan en el fondo, y el lago va cambiando de blanco a celeste a rosa.
Momentos de fotos.

Momentos de fotos

A punto de altar para la foto

A punto de altar para la foto

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En la Laguna Tebenquinche, mitad agua, mitad sal.

En la Laguna Tebenquinche, mitad agua, mitad sal.

Aceitunas negras, queso, pasas y maní, todo listo para picar con un pisco sour viendo el atardecer.

Aceitunas negras, queso, pasas y maní, todo listo para picar con un pisco sour viendo el atardecer.

Era el momento más romántico del día...

Era el momento más romántico del día…

Atardecer en la Laguna Tebenquinche.

Atardecer en la Laguna Tebenquinche.

 
Después de cuatro días en Atacama, no alcanzan las palabras, ni las fotos. Lagunas en medio de la nada, animales y plantas en el desierto, pueblitos de adobe, atardeceres rosados, fiestas y fogatas clandestinas, todo forma parte de esa sensación de inmensidad que llena  nuestros ojos. De ese sentimiento de tranquilidad que llena. De esa sensación de magia que rodea todo el momento.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.